Texto: Ramón Cordero
Diseño gráfico: Catherine Zúñiga Andrew

Introducción

Diana siempre fue educada en el respeto de los animales y plantas que la rodeaban. Sin saberlo y tal vez sin intención, ella era una ecologista por convicción, incapaz de matar siquiera un insecto por repulsivo que pareciera a los ojos de cualquier persona.

            Si encontraba un mosco en su habitación, en lugar de convertirlo en un manchón de carne y sanguaza con un golpe de matamoscas, procuraba “pastorearlo” hacia la ventana para que pudiese sobrevivir. Claro, sin pensar que el zancudo de marras terminaría buscando otra víctima y que a ella le chuparía la sangre, y tal vez hasta le dejaría un microbio de esos que son capaces de provocar una enfermedad como el paludismo.

            ¿Cortar la maleza que entraba bajo la puerta? Eso jamás, aunque significara la conversión de su casa en una jungla con todo y lianas. Para la joven Diana todos los seres vivos tenían derecho a ocupar un lugar en el mundo, lo cual es correcto en parte, pero también con sus detalles. Porque una cosa hay que reconocer: que no es lo mismo vivir en una casa de ciudad y con jardín, donde las visitas inesperadas —animales o vegetales— no suelen ser particularmente molestas ni peligrosas, que habitar una morada en pleno campo.