Chispa. México, Innovación y Comunicación S. A. de C. V., año 1, núm. 11, agosto 1981, p. 10.

Texto: Amapola Otero
Diseño gráfico: Nora Espino

 

 

 

 

 

—¿Por qué tienen rabia los perros, papá?            

—¡Porque quizás se les ha metido el demonio! —contestó el padre de Luis Pasteur.

 

 

 

      Era el año de 1831 y Luis tenía apenas 9 años de edad pero ya se hacía muchas preguntas que trataba de responder pensando y pensando; la respuesta de su padre no le convenció del todo, pero al no encontrar otra mejor, guardó la pregunta en su mente durante muchos años.

       Luis era un niño común y corriente; no era un alumno destacado, pero tampoco era flojo. Todo el mundo lo consideraba muy tímido, porque solía permanecer callado largo rato, hundido en sus pensamientos.

       Uno de sus primeros profesores, el señor Romanet, se dio cuenta de que esa supuesta timidez era en realidad una mente que trabajaba sin descanso. Todo le llamaba la atención y se quedaba horas pensando y examinando lo que le rodeaba. Tenía tal capacidad de observación y era tan cuidadoso, que en sus dibujos (a Luis le encantaba dibujar) copiaba hasta el hilo de los botones de las blusas de sus hermanas. Se concentraba y pintaba sin descansar hasta lograr el dibujo que le parecía más exacto.

       El padre de Luis, un talabarteroEs el operario que confecciona correas, principalmente de cuero, adornos y equipos para las caballerías. Tomado de: Diccionario de la Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2007., trabajaba duro para que su hijo pudiera estudiar. Por las tardes solía sentarse junto a él a revisar sus lecturas y a escuchar las dudas que frecuentemente le planteaba; Luis insistía en preguntar sobre las cosas que no le parecían claras; preguntaba y volvía a preguntar sin temor alguno hasta llegar a comprenderlas. Esto hacía pensar a sus maestros y compañeros que Luis era un poco lento, cuando en realidad era muy inquieto y analizaba con mucho mayor detalle y profundidad cosas que sus compañeros ni siquiera se planteaban, o por timidez no preguntaban.

 

      Cuando su padre y el profesor Romanet lo mandaron a estudiar a París, no pudo aguantar la nostalgia de estar lejos de su familia y se regresó a casa. Sin embargo, era tal su interés por conocer y aprender, que al poco tiempo volvió a la capital a continuar sus estudios. Para sostenerse durante esta época, dio clases de matemáticas de seis a siete de la mañana todos los días.

       Su tarea de enseñar la realizó siempre con gusto, al tiempo que atendía sus propios estudios. Le entusiasmaba especialmente la clase que impartía el famoso químico DumasJean Baptiste André Dumas (1800-1884), fue profesor de Química en París. Descubrió un método para determinar pesos moleculares, sintetizón nitrilos, nitratos orgánicos y el ácido tricloroacético. Destacó particularmente sus estudios de la sustitución del hidrógeno por cloro en los compuestos orgánicos. Tomado de http://www.uam.es/departamentos/ciencias/qorg/docencia_red/qo/l0/1830.html (consultado en septiembre de 2007)., en donde descubría mundos nuevos como la química, la física y la geología. Estas ciencias recibieron gran impulso en el siglo XIX porque sus aplicaciones eran muy importantes para el desarrollo industrial de la época. Pasteur, hombre de su tiempo, se preocupó por aplicar sus conocimientos a la solución de problemas importantes para algunas industrias de su país, de la comunidad y del hombre mismo.

      Sus investigaciones como químico y microbiólogo nunca se quedaban guardadas en el laboratorio o en las aulas sino que se aplicaban a problemas reales. Estos trabajos los realizaba con tanto cuidado y meticulosidad que con el tiempo llegaría a desarrollar un método riguroso para obtener resultados confiables. Pasteur es uno de los pioneros en establecer las reglas del método experimental en la investigación científica.

 

      Trabajó un tiempo en Estrasburgo y después fue nombrado profesor en la Universidad de Lille en Francia, donde contagiaba a la gente su gran interés por conocer a fondo las cosas. Frecuentemente sembraba una ola de entusiasmo y de asombro al platicar con sus compañeros sobre la existencia de los microbios que Leeuwenhoek había descubierto 200 años antes y que, sin embargo, casi nadie recordaba. Su trabajo estuvo ligado siempre con estos seres tan diminutos que no podían verse a simple vista; se pasaba días y días, noches y noches trabajando en su laboratorio junto a su inseparable microscopio. Observaba, experimentaba, comprobaba e intuía explicaciones, que en aquella época parecían de ciencia ficción.

      Después de 20 años de investigaciones sobre la fermentación, descubrió el papel que en ella desempeñaban las levaduras: unos microbios que convertían la cebada en cerveza, la uva en vino y ayudaban también a esponjar el pan. Nadie le creía que esos microseres fueran los responsables directos de dichas transformaciones porque en esa época se pensaba que las producían cambios químicos. Sin embargo, después de realizar varios experimentos que no dejaban lugar a dudas, no sólo le creyeron sino que su trabajo ayudó a la industria francesa de la época a prevenir la putrefacción del vino y la cerveza y por lo tanto a la recuperación económica de su país después de la guerra franco-prusiana.

       Una vez que Pasteur comprobó la existencia de seres vivos microscópicos capaces de descomponer sustancias orgánicas, se preguntó ¿de dónde vendrán estos seres infinitamente pequeños?, ¿tendrán padres, o sencillamente surgen solos en condiciones favorables?