—¿Por
qué tienen rabia los perros, papá?
—¡Porque
quizás se les ha metido el demonio! —contestó el
padre de Luis Pasteur.
Era
el año de 1831 y Luis tenía apenas 9 años de edad
pero ya se hacía muchas preguntas que trataba de responder pensando
y pensando; la respuesta de su padre no le convenció del todo,
pero al no encontrar otra mejor, guardó la pregunta en su mente
durante muchos años.
Luis
era un niño común y corriente; no era un alumno destacado,
pero tampoco era flojo. Todo el mundo lo consideraba muy tímido,
porque solía permanecer callado largo rato, hundido en sus pensamientos.
Uno
de sus primeros profesores, el señor Romanet, se dio cuenta
de que esa supuesta timidez era en realidad una mente que trabajaba
sin descanso. Todo le llamaba la atención y se quedaba horas
pensando y examinando lo que le rodeaba. Tenía tal capacidad
de observación y era tan cuidadoso, que en sus dibujos (a Luis
le encantaba dibujar) copiaba hasta el hilo de los botones de las blusas
de sus hermanas. Se concentraba y pintaba sin descansar hasta lograr
el dibujo que le parecía más exacto.
El
padre de Luis, un talabartero
,
trabajaba duro para que su hijo pudiera estudiar. Por las tardes solía
sentarse junto a él a revisar sus lecturas y a escuchar las
dudas que frecuentemente le planteaba; Luis insistía en preguntar sobre
las cosas que no le parecían claras; preguntaba y volvía
a preguntar sin temor alguno hasta llegar a comprenderlas. Esto hacía
pensar a sus maestros y compañeros que Luis era un poco lento,
cuando en realidad era muy inquieto y analizaba con mucho mayor detalle
y profundidad cosas que sus compañeros ni siquiera se planteaban,
o por timidez no preguntaban.