¡Asombroso!
En
sus ratos de ocio se dedicó a tallar lentes,
porque, según le habían dicho, con ellos podría
ver todo más grande. Le llevó mucho tiempo y trabajo
el investigar y aprender a hacerlo; para ello, buscó la ayuda
de alquimistas y boticarios.
Leeuwenhoek
era un hombre muy meticuloso y observador; se pasaba horas y hasta
días viendo fascinado aquellos bichitos, y con el paso del tiempo
se convirtió en el mejor tallador de lentes de Holanda.
Su
hija María resultó ser una magnífica colaboradora.
Ella tenía 19 años cuando su padre descubrió algo
que nunca antes había sido observado: ¡los miles de microbios
que hay en una gota de agua! Leeuwenhoek analizó el agua de
distintos lugares: de una cubeta, de un charco, de un canal... y en
todas encontró aquellos bichos. Únicamente en gotas de
lluvia recién caída no encontró nada. Su experimento
le mostró que los microbios no caían del cielo, sino
que se criaban en el agua.
Leeuwenhoek
iba haciendo descubrimientos insospechados. En una ocasión observó una
gota de su saliva y encontró que ¡la boca es una casa
de fieras! Miles de animalillos iban y venían sin cesar ¡nunca
se quedaban quietos! Había
descubierto las bacterias, y gracias a este hallazgo fue posible
saber más tarde que las
enfermedades no eran el producto de ningún espíritu
maligno que se apoderaba de las personas.
Existen
miles de informes sobre las observaciones que hizo: arterias en la
cola de un pez, embriones de cangrejos y mejillones, “bichos” en
la pimienta fermentada, bacterias muertas en una taza de café muy
caliente... Todas estas novedades provocaron una enorme curiosidad
entre sus contemporáneos.
La
paciencia y dedicación de Leeuwenhoek abrieron las puertas hacia
campos muy importantes de la investigación científica;
gracias al descubrimiento del microscopio fue posible concebir más
tarde a la célula como
la unidad fundamental de todo ser vivo, dando así el primer
paso para un conocimiento más profundo del cuerpo humano y el
control de sus enfermedades.