Chispa, México, Innovación y Comunicación S. A. de C. V., año 1, núm. 4, enero de 1981, p. 6


Diseño gráfico: Nora Espino

 

 

 

 

 “Las paperas son provocadas por un espíritu maligno que invade a los enfermos...”

 

      Durante su infancia, Antonio Leeuwenhoek vivió en Delft, una típica ciudad holandesa, famosa por sus molinos de viento azules.

      Al cumplir 16 años, Leeuwenhoek tuvo que suspender sus estudios para empezar a trabajar como aprendiz en una tienda de telas en Ámsterdam. Y fue aquí, en la capital de Holanda, en donde creció el que llegaría a ser uno de los más brillantes experimentadores del siglo XVII.

 

¡María, ven aquí! ¡Date prisa! ¡Mira...!

¡Yo nunca pensé que tuvieran esta forma!

¡Asombroso!

 

 

      En sus ratos de ocio se dedicó a tallar lentes, porque, según le habían dicho, con ellos podría ver todo más grande. Le llevó mucho tiempo y trabajo el investigar y aprender a hacerlo; para ello, buscó la ayuda de alquimistas y boticarios.

      Leeuwenhoek era un hombre muy meticuloso y observador; se pasaba horas y hasta días viendo fascinado aquellos bichitos, y con el paso del tiempo se convirtió en el mejor tallador de lentes de Holanda.

      Su hija María resultó ser una magnífica colaboradora. Ella tenía 19 años cuando su padre descubrió algo que nunca antes había sido observado: ¡los miles de microbios que hay en una gota de agua! Leeuwenhoek analizó el agua de distintos lugares: de una cubeta, de un charco, de un canal... y en todas encontró aquellos bichos. Únicamente en gotas de lluvia recién caída no encontró nada. Su experimento le mostró que los microbios no caían del cielo, sino que se criaban en el agua.

      Leeuwenhoek iba haciendo descubrimientos insospechados. En una ocasión observó una gota de su saliva y encontró que ¡la boca es una casa de fieras! Miles de animalillos iban y venían sin cesar ¡nunca se quedaban quietos! Había descubierto las bacterias, y gracias a este hallazgo fue posible saber más tarde que las enfermedades no eran el producto de ningún espíritu maligno que se apoderaba de las personas.

      Existen miles de informes sobre las observaciones que hizo: arterias en la cola de un pez, embriones de cangrejos y mejillones, “bichos” en la pimienta fermentada, bacterias muertas en una taza de café muy caliente... Todas estas novedades provocaron una enorme curiosidad entre sus contemporáneos.

      La paciencia y dedicación de Leeuwenhoek abrieron las puertas hacia campos muy importantes de la investigación científica; gracias al descubrimiento del microscopio fue posible concebir más tarde a la célula como la unidad fundamental de todo ser vivo, dando así el primer paso para un conocimiento más profundo del cuerpo humano y el control de sus enfermedades.

 


   
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