
La reconciliación sólo se podía dar si era precedida
por un proceso de perdón. La justicia no acepta el perdón,
en cuanto a que la justicia “da a cada quien lo que se merece”. El crimen
contra la humanidad del Apartheid no merecía ser perdonado y,
sin embargo, no sólo ante la comisión sino ante un proceso
de reconciliación social. Este perdón tuvo cabida en la
sociedad de Sudáfrica.
La otra cara de la moneda de la reconciliación es que el nuevo
gobierno encabezado por Mandela, sabía que la única manera
de reconstruir el país sería con la ayuda de los blancos;
350 años de dominación blanca no se podían borrar
y la organización de un nuevo estado necesitaría de la
ayuda de los blancos para tener éxito.
Enjuiciar y encarcelar a todos los responsables del Apartheid sería
un doble error: generaría resentimiento entre los blancos y privaría
al nuevo gobierno de herramientas importantes para organizar al nuevo
estado. Para muchos sudafricanos que vivieron y sufrieron el régimen
del Apartheid, la justicia era lo más importante; para muchos
otros el perdón era la única vía para reconstruir
un país que estuvo dividido durante años.
En general la sociedad sudafricana aceptó el proceso y los resultados
de las audiencias de la Comisión de la Verdad porque, aun con
sus fallas, fue un foro abierto donde muchos aprendieron del pasado reciente
de su país. También fue una válvula de escape para
todos aquellos que guardaron resentimiento contra aquellos otros que,
de alguna manera, participaron o fueron cómplices de las atrocidades
cometidas durante el Apartheid.