Las audiencias de la comisión duraron poco más de dos
años. La Comisión recibió 20 mil declaraciones provenientes
de víctimas y 8 mil solicitudes de amnistía. Si fue un éxito
o un fracaso, sigue siendo tema de debate en Sudáfrica y el mundo
entero, pero una cosa sí es cierta: el público en general
aprendió que la relación entre verdad y reconciliación
es mucho más compleja de lo que aparenta.
Uno de los dilemas que es importante destacar cuando se habla de una
comisión como la de Sudáfrica, es aquel que brota cuando
se antepone la reconciliación a la justicia. La reconciliación
en Sudáfrica tuvo como rasgo distintivo la invocación del
perdón más que la reparación. En pocas palabras,
para que haya reconciliación tiene que haber perdón.
La discusión en torno a la Comisión se centró justo
en este dilema: que cuando se hace justicia, el perpetrador paga por
los daños causados con su libertad y en algunos países
hasta con su vida; cuando se otorga el perdón no hay tal pago,
pues perdonar no hace justicia.
El filósofo francés Jacques Derrida dice que el perdón
perdona lo imperdonable. En otras palabras, dice que el verdadero perdón
se da cuando se perdonan actos que en nuestro sano juicio no tienen perdón.
Lo que no tiene perdón, también en palabras del filósofo,
es aquello que nos priva de nuestra humanidad.