Ramón Cordero G.

En el siglo XIX surgió la Teoría de la evolución. Desde ese momento, cuando el naturalista Charles Darwin lanzó la idea de que la humanidad tenía como antecedente más o menos directo a los simios, mucho se ha debatido entre diferentes posturas.

Hoy día la mayor parte de la comunidad científica encuentra que los vestigios arqueológicos son suficientes para considerar que, al menos en parte, Darwin tenía razón.

Sin embargo, los antropólogos actuales consideran que esos postulados deben ser complementados. Según ellos la evolución no siempre es para mejorar e incluso puede dar lugar a retrocesos. Lo que se intenta demostrar es que los hombres y mujeres actuales podrían estar en el umbral de una nueva era, en la que el Homo sapiens —como nosotros— dé lugar a futuras generaciones de Neandertales y Cro-Magnones, quizá hasta Australopithecus

La evidencia genética

A partir de los restos óseos y las técnicas para hacer pruebas de ADN, ha podido establecerse que simios y humanos compartimos mucho de nuestro código genético. Hasta con los ratones lo hacemos en un alto porcentaje de los genes.

Si bien no se ha concluido la reconstrucción del ADN del hombre de Neandertal, lo conseguido hasta ahora muestra que las diferencias son mínimas. En definitiva, somos parientes muy cercanos.

Ahora bien: aunque el parentesco existe, se sabe que ellos y nosotros procedemos de dos líneas evolutivas diferentes que coexistieron en el planeta. Ellos terminaron por extinguirse y nosotros permanecimos aquí; sin embargo, la semejanza es tanta que mucho se ha sugerido la posibilidad de que se hayan mezclado y tenido descendencia.

 

La evidencia fenotípica

Los restos que se conservan de hombres primitivos y prehomínidos indican que su comportamiento debió ser diferente al del hombre moderno. La lucha por la supervivencia y el desarrollo insuficiente del cerebro, seguramente determinaron un desempeño más agresivo en algunos casos y con bastantes semejanzas al comportamiento de los grupos de monos silvestres actuales.

Papiones, gorilas y mandriles son una muestra de la posible organización social, donde el lenguaje corporal de gritos, golpes, aullidos, amenazas y aspavientos, pretenden ser los elementos de comunicación para establecer quién manda y quién tiene la razón.

 

La nueva hipótesis

El doctor Theago Lerdo, de la Unbrain University , afirma haber encontrado algunos genes Neandertales dentro de la estructura genómica de personas comunes. Esto prueba que individuos masculinos y femeninos en diferente grado evolutivo pudieron procrear.

¿Por qué nosotros no mostramos evidencia de ello?

La explicación es simple. Son pocos genes y muchos de ellos han funcionado con carácter recesivoCaracterística codificada en los genes, pero que no se manifiesta. Casi siempre es enmascarada por una información “dominante”. Aún así, puede mostrarse en generaciones posteriores.. El meollo de la cuestión es que, luego de muchísimas generaciones, estos genes comienzan a aparecer juntos con demasiada frecuencia, tal como sucede cuando hay consanguinidad; es decir, en situaciones en que se forman parejas con cierto grado de parentesco.

Mediante el rastreo de esos genes en por lo menos tres generaciones (abuelos, padres e hijos), el equipo del doctor Lerdo pudo establecer que la aparición de estos “saltos atrás” evolutivos, serán cada vez más frecuentes. Dicho de manera clara: nuestros hermanos, familiares, compañeros, vecinos o nosotros mismos, podríamos ser ya un Neandertal del siglo XXI.

 

Algunas comprobaciones

Los científicos de la Unbrain University saben que su teoría generará fuertes controversias, iguales a las que enfrentó en su momento Charles Darwin. Por ello han recomendado que la gente, antes de hacer una descalificación irreflexiva, miren a su alrededor e identifiquen esos comportamientos que nos hermanan con los antepasados. Incluso dan a conocer un sencillo instrumento de diagnóstico para identificar en qué punto de la escala estamos y puede consultarse aquí.

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