Antonio Ruiz (1895-1964), mejor conocido como “El Corcito”, es un importante exponente del costumbrismo en la pintura del siglo XX mexicano. Sus retratos de la vida en la ciudad de México, pintadas durante las décadas de los años veinte, treinta y cuarenta, exploran la intimidad psicológica de los habitantes de una urbe que cambiaba irremediablemente ante el paso inexorable a la modernidad.
La ciudad de México en la mirada de “El Corcito”
Cuando “El Corcito” era joven, fue testigo de la transformación de la ciudad de México, que pasó de ser tranquila a ser una ajetreada metrópoli. Al pintor le gustaba caminar por las calles llenas de peatones que se mezclaban con carretas jaladas por animales, camiones para pasajeros, tranvías eléctricos, policías en motocicleta y los primeros automóviles que se usaron en México.
“El Corcito” vivía en el lejano barrio de Villa de Guadalupe, en una casa que él mismo construyó. Para llegar a la escuela de artes plásticas “La Esmeralda”, donde daba clases de pintura, tenía que tomar un tranvía. En sus recorridos “El Corcito” disfrutaba observando a la gente de los barrios, enfrascada en sus actividades cotidianas.
Una mañana vio a un par de muchachas muy pintaditas que hacían resonar sus tacones por el empedrado de la calle: “¡Ah, qué simpáticas changuitas!”, pensó. También se topó, en una estrecha calle cercana a una avenida, a un lechero que platicaba con una sirvienta de lindas trenzas
rematadas por un moño. Ella se jalaba el delantal para disimular el nerviosismo ante el galán, mientras el cargamento de botellas de leche esperaba sobre una bicicleta.
Una noche presenció una serenata medio desafinada,
pero muy sentida, junto al balcón de una casa. Otra ocasión
se conmovió mucho al ver a una pareja de indígenas recién
llegados a la ciudad (él traía puesto su overol de obrero
y ella unos zapatos de tacón) observando con curiosidad una
aparador comercial que anunciaba la última moda en trajes de
baño y parasoles para la playa. “¡Qué distinta
vida conocía esta pareja! Esa imagen sintetiza al México
de hoy, en el que se enfrentan lo moderno y lo tradicional”. También
le dio mucho gusto saber que se inauguraba la pulquería “Napoleón”,
decorada con papelitos de colores, justo
cuando el pulque, bebida de larga tradición en México,
estaba siendo desplazado por la cerveza, que se anunciaba como
una bebida “higiénica y saludable”.
“El Corcito” atrapó en sus pinturas instantes fugaces y detalles aparentemente
intrascendentes de una forma de vida que, poco a poco, se fue extinguiendo entre los habitantes de la ciudad de México. Con ello es el mayor continuador de la tradición pictórica del costumbrismo del siglo XIX. Otros pintores mexicanos siguieron temporalmente esa tendencia en los años diez y veinte del siglo XX, como Manuel Rodríguez Lozano —que recreó personajes de barrios populares— o José Clemente Orozco —que pintó los bajos fondos urbanos—, pero pronto abandonaron esos temas por otros de mayor resonancia universal. También hubo artistas, especialmente los vinculados al movimiento estridentista, que exploraron el tema de la ciudad, pero con una visión futurista y utópica.
En algunas de las obras de Antonio Ruiz se muestra
un sutil “realismo fantástico”. “El Corcito” lograba la ilusión
de realidad a
través
de imágenes llenas de fantasía. Por ejemplo en La
soprano, donde representa la nota falsa de la cantante con un
gallo que le sale por la boca. Conseguía la ilusión de
realidad dando mucha precisión al dibujo y pintando cada objeto
y personaje con todos sus detalles. Por eso sólo hacía
tres o cuatro pinturas al año y tan pequeñas que toda
su obra cabía en un armario. Su tela más grande apenas
alcanza 50 centímetros de largo, y un mural que pintó sólo
medía un metro y medio de alto por cinco de largo.
Durante su carrera artística “El Corcito” no dejó de observar y pintar a la gente común. A simple vista es difícil establecer las etapas en su obra, todas son afines en temática y factura. Casi siempre pintó al óleo sobre tela o madera. En algunas obras es posible establecer cuándo fueron pintadas por las referencias políticas a las que alude, como en La huelga, donde retrata a unos trabajadores suburbanos con su bandera roji-negra apostados frente a una fábrica. En este caso podemos deducir que esta pintura fue hecha en la década de los treinta del siglo XX, cuando hubo efervescencia de movimientos obreros.
