Alberto Chimal (1970) nació en Toluca, Estado de México. A lo largo de su carrera literaria ha escrito artículos, traducciones de poesía, reseñas, obras de teatro y, principalmente, ensayos y cuentos. Es autor de los libros
La luna y 37,000,000 de libras (1990), Vecinos de la tierra (1996), El rey bajo el árbol florido (1997), El secreto de Gorco (1997), Canovacci (1998), El ejército de la luna (1998), Gente del mundo (1998), El país de los hablistas (2001), La cámara de maravillas (2003) y Éstos son los días (2004). Ha recibido algunos reconocimientos nacionales, destacando el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002.

Su literatura describe mundos ficticios que no se comprenden con las “reglas” de la lógica dominante en el “mundo real” y que, por lo general, no están sujetos a las leyes físicas del espacio y el tiempo. Con frecuencia plantea problemáticas de la condición humana a través de la fantasía y la imaginación. En esta entrevista habló de sus inicios en la literatura, su singular poética y su proceso creativo.

¿Cómo se autodefine Alberto Chimal, escritor?

Soy un contador de historias. Decir más sería demasiado, porque en cada proyecto me propongo algo distinto.

 

¿Cómo fueron tus primeras aproximaciones a la literatura?

Me acerqué a la literatura desde la infancia. Era muy aficionado a los cuentos y a las historias. A cierta edad mis padres dejaron de contarme historias y, como seguía queriendo mi dosis, aprendí a leer. Leía lo que encontraba. La biblioteca de la familia no era copiosa pero sí diversa; había libros muy raros. El primero en el que me aventuré fue una colección de cuentos titulada Mitos y leyendas. Otra de mis lecturas más tempranas y recurrentes fue un tratado de medicina forense. Cuando leí todos los libros de mi casa se me ocurrió que yo podía escribir. Primero intenté hacer historietas, pero nunca aprendí a dibujar, por lo que sólo me dediqué a la escritura.

 

¿Cuál es y ha sido tu motivación para escribir?

Cambia con el tiempo. Al principio quería divertirme; después fui descubriendo que la escritura es también una manera de comunicarse con los otros, de estar en el mundo, de pensar en las cosas que ocurren en el exterior y en el interior de uno. A medida que fui trabajando, la escritura se convirtió en una cuestión vital, necesaria para alcanzar un equilibrio.

Por otro lado, desde muy temprano, quizá por el destino —es decir, por los textos que inicialmente cayeron en mis manos—, me ha importado mucho la imaginación. Cuando empecé a escribir me interesaban, como a cualquier adolescente en esas circunstancias, los clichés de la escritura adolescente, pero en menor medida. Me atraía más la posibilidad de utilizar la escritura como vehículo de la imaginación, de la invención más que de la reproducción. Eso ha determinado mi escritura; también el hecho de que desde muy temprano me tocó, quién sabe por qué razón, estar en repetidas ocasiones en la posición de... no diría de rebelde, sino tal vez de inadaptado o marginal; en varias etapas y actividades de mi vida tenía la perspectiva de quien mira desde afuera. Así descubrí que la posibilidad de imaginar, de concebir ideas, historias, fragmentos de vida que no son los del mundo “real”, era reconfortante, no sólo para escapar, sino también para imaginar alternativas: para convencerme de que aquellos hechos y circunstancias que parecen inevitables en el mundo, desde los muy personales hasta los más generales, no lo son. En mi fuero interno me parece hasta útil —en el sentido más palmario del término— usar la imaginación para perforar los lugares comunes, las conformidades y los acomodos heredados, aprendidos o impuestos. Mucho tiempo estuve tratando de escribir textos por diversas vertientes ya conocidas, pero gracias a varios escritores extraordinarios —como Mario Levrero, que es una cruza entre Franz Kafka y Lewis Carroll—, descubrí que es posible romper toda clase de reglas e ir más allá.

 

¿Sientes alguna afinidad especial con Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Ítalo Calvino y Henry James?

Por los cuatro. Cuando estaba en la primera adolescencia leía con frecuencia textos de ciencia ficción: Isaac Asimov, H. G. Wells y Ray Bradbury. Luego vino mi encuentro con Borges, que fue la primera gran experiencia literaria de mi vida. Tuvo lugar de forma muy extraña, gracias a una revista científica llamada Ciencia y desarrollo , que publicó uno de los cuentos de Ficciones — “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” — como si se tratara de un texto de ciencia ficción. Quién sabe quién fue el responsable... debe haber sido un terrorista o algo por el estilo, pero fue una maravilla porque difícilmente lo habría encontrado en aquel momento, que era cuando debía llegar. Este cuento, el de la enciclopedia del mundo inexistente, me resultó desconcertante y, en las dos o tres primeras lecturas, incomprensible. Pero a medida que empezaron a llegar otros textos semejantes, confirmé que se pueden hacer grandes cosas con semejante forma de escribir. No sólo abolir la realidad, que es lo que hace aparentemente ese texto de Borges, sino también señalar los propios límites de lo que nosotros entendemos por realidad. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” es ejemplar, porque habla de todas las maneras en las que pretendemos tranquilizarnos y llevar una vida “sosegada” tomando como cierta sólo una porción de lo real, de la existencia, retrocediendo ante lo que es intolerable o incomprensible; el cuento tiene el valor de señalar que todos los cuerpos de creencias corren el gravísimo riesgo de ser sólo mentiras piadosas por las cuales ignoramos “lo otro”.

 

En tu ensayo titulado “Borges y la ciencia ficción” afirmas que las influencias literarias más trascendentales de la cultura actual son la literatura fantástica y la ciencia ficción, ¿por qué?

La influencia de ese tipo de literatura no está en las grandes novelas o en las grandes colecciones de cuentos, sino en la ficción popular: el cine, la televisión, los videojuegos. Y lo más difundido de esta literatura es también lo más trivial. Por otra parte, los hallazgos y los planteamientos que hace la gran literatura fantástica son centrales, por lo menos en una discusión que tenemos presente desde el siglo XVIII. Cuando llega la Ilustración , el pensamiento de Occidente convierte a la razón y al método científico en sus principales herramientas de conocimiento. Eso permitió, obviamente, todos los adelantos tecnológicos de los que gozamos hoy en día, pero también el vaciamiento de muchos conceptos, pensamientos y posibilidades de aprehensión del mundo que ya no entran de ningún modo en el ámbito de lo racional, como el mito y el sueño, que son estas fuerzas que desde el siglo XVIII están atacando al pensamiento canónico de Occidente. De ese tiempo provienen nuestras dicotomías entre lo racional y lo irracional, y entre lo real y lo irreal, que no existían y contra las que están golpeando constantemente los dos tipos de literatura existente: la que busca aprehender lo visible —lo que todos, por consenso, podemos aceptar como cierto y objetivo—, y la que pretende, en general, señalar los límites de cualquier visión del mundo. La literatura que emplea la imaginación de este modo nos recuerda que no existe un sistema de conocimiento infalible y completo. De algún modo, dado que la filosofía ha quedado relegada del lugar central que tuvo en la cultura de Occidente, esta literatura tiende a ocupar ese sitio o a aliarse con la filosofía para hacer los cuestionamientos necesarios.