Afortunadamente la palabra compuesta sordomudo está desapareciendo
del léxico cotidiano, dado que los niños no son mudos,
sino que al faltarles el sentido del oído desde que son bebés,
dejan de emitir sus propias vocalizaciones y balbuceos al no poder
oírlos,
y por lo tanto el
proceso de adquisición del lenguaje se detiene.
Hasta el siglo XVI, un niño con estas características
estaba prácticamente condenado al ostracismo y no se le consideraba
un ser educable y capaz de aprender a leer, escribir y comprender.
Por ello es que la creación de un método que enseñara
a las personas sordas a expresarse y comprender un lenguaje es un hecho
digno de conmemorar, y a su creador de colocarlo como uno de los grandes
bienhechores
de la humanidad.
Este es el caso de fray Pedro Ponce de León, español de
la orden benedictina que en el siglo XVI inventó un sistema para
enseñar a los sordos: logró que aprendieran a leer, escribir
y hablar, mediante la atenta observación de los movimientos de
los labios, según cuentan algunos comentaristas de su época,
ya que él nunca dejó un documento escrito, o si lo escribió no
se tiene conocimiento de su impresión. Y es hasta el siglo XIX
que se hizo justicia a su mérito como bienhechor de la humanidad.
Se desconoce la fecha y el lugar de su nacimiento, las fuentes no se
ponen de acuerdo: unas dicen que pudo haber sido en Oña, Burgos,
en 1510; o en Sahagún, León, en 1540. Otros dicen que en
Cataluña llamándole Pons o en la ciudad de Valladolid
en 1520: este dato es mencionado por varios autores. 1