En 1983 Lorenzo Odone tenía cinco años y ya mostraba
aptitudes para trepar árboles, hablar tres idiomas y ejecutar
música de oído. Su vida transcurría plácida
en África, donde vivía desde los dos años de edad
por motivos de trabajo de su padre, quien era economista del Banco Mundial
y desarrollaba un plan para la República de Comores.
Al terminar el proyecto en esa región su familia se va a vivir
a Washington, D.C., y el niño comienza con síntomas extraños:
no articula bien las palabras, hace berrinches por todo y se pierde al
ir al baño en la escuela.
Después de consultar a varios médicos, un neurólogo
pediátrico les da un diagnóstico poco alentador: Lorenzo
padece una extraña enfermedad llamada adrenoleucodistrofia (ALD)1 ,
la cual destruye de manera progresiva la mielina
por una producción
excesiva de grasas, y poco a poco hace que el enfermo pierda la vista,
las funciones motoras y en menos de dos años, muera.