En otro contexto encontramos a don Tomás, próspero ganadero de la zona central del país, para quien usar o usted, además de ser algo aprendido en el seno del hogar, es también una estrategia de trato con las personas que tienen que ver con él y su negocio.

Criado en una familia más o menos tradicional, aprendió desde pequeño a emplear el usted con sus mayores.

 

  • Dígame usted, mamá.
  • Abuelito, cómo está usted hoy.
  • Señor Juanito: enséñeme a ordeñar a las vacas.

 

A pesar de la formalidad aparente, quien hubiese conocido a don Tomás en sus años mozos no habría dudado del enorme cariño y cercanía afectiva con la madre y el abuelo, ni del aprecio que sentía por el paupérrimo jornalero que le había brindado sus primeros conocimientos acerca de los animales.

Media centuria después de aquellos tiempos las cosas han cambiado. Hoy es mejor empresario, pero peor persona. El ganadero ha aprendido que la forma de usar el lenguaje en ocasiones brinda ciertas ventajas. Tramposamente acude al o al usted, de acuerdo con su conveniencia, imprimiendo siempre una intencionalidad.

 

 

Hoy día y sin importar la edad, trata de a toda la gente que trabaja en su establo. Mismo trato para el joven vaquero de 18 años que para el septuagenario velador del establecimiento.

Con el que ofrece como trato y el usted que exige para él mismo, abisma la distancia entre empleador y empleado. Marca una humillante diferencia de estatus que no admitirá réplica, confianza o compañerismo alguno. Fórmula verbal que, intencionalmente usada, dejará claro hasta el exceso quién es la autoridad y quién el subordinado. Una manera de marcar “categorías”: uno es lo que es y ustedes son lo que son, nunca iguales.

Respeto impuesto y no ganado, apuntalado en capacidad económica, influencia social o peso político, que tienen más de ortopedia para una vacilante autoestima, que de auténtica valía personal.

Similar estrategia es usada con el profesional veterinario o con el proveedor de otros servicios necesarios. Una manera de decir: “ Tal vez sabes más, pero yo doy el cargo. Por eso mando, y porque necesito afirmarlo es que extiendo el trato desatento más allá de lo que tiene que ver con el trabajo.”

Qué distinto resulta cuando ha de intercambiar con un ganadero vecino con más peso en la región o, incluso, cuando se recibe la visita de algún funcionario importante. Con ellos, el respetuoso usted, casi servil, no se extraña. Altanería, prepotencia, soberbia y arrogancia están de asueto.

 

¿Es algo secundario usar o usted? Ya puede verse que no, cuando la forma es fondo y marca las pautas de nuestras relaciones con los demás. De ahí la importancia que tiene para todos, pero especialmente para los jóvenes que se están formando, aprender de la fuerza que posee la expresión verbal, porque en esa cotidianidad es donde se pone en juego aquello que llamamos etéreamente “valores”.

Convertir un valor en contenido curricular dota de poca efectividad sin la correspondiente experiencia. Prescribir la norma no basta, porque además no existen recetas únicas. La reflexión y el convencimiento personal pueden jugar un papel de primera importancia.

¿Por qué no dedicar una sesión de clases para analizar ejemplos como los planteados al inicio? ¿Qué tal si recuperáramos la experiencia de quienes conforman el grupo? ¿Qué han visto en su círculo cercano? ¿Qué contradicciones encuentran? ¿Por qué deciden usar un tipo de trato con algunas personas y con otras no?

Conducir una discusión de este tipo en el grupo —con lo que nos pasa, con lo que sentimos, con lo que nos molesta y nos agrada— podría ser una buena forma para propiciar intercambios más considerados, respetuosos, amigables, y solidarios.