Dos formas de trato diferentes para relacionarnos con los otros. Una de usted, que supone mayor respeto y distancia. Otra de , que se prefiere cuando hay familiaridad y cercanía en el trato. Diferentes en principio, pero que con sus matices particulares casi pueden ser iguales.

Un problema de educación, porque tiene que ver con lo aprendido en casa, en la escuela y en todo contacto que tenemos con los demás.

Fuerza expresiva que, de acuerdo con las circunstancias, da respeto, propicia cercanía, marca diferencias, puede insultar y ofender, muestra aprecio o espeta artera humillación.

Las formas de expresión, en sí mismas, no hacen o muestran lo que es el respeto; forman en todo caso parte de un contexto. No obstante, el castellano —como parte de su gran riqueza — nos brinda la opción para usar el y el usted, por lo que este carácter electivo es bastante significativo.

 

La maestra Rocío estuvo a punto de infartarse la primera vez que uno de sus alumnos, con la mayor displicencia, se dirigió a ella con un: Oye, Rocío. En más de 35 años de ejercer la docencia en escuelas públicas, nunca, ni por asomo, le había sucedido algo así. Acaso en alguna ocasión le habían dicho miss, que por cierto no le agradaba; pero siempre manteniendo el trato de usted por delante.

Instantáneamente, por la cabeza de la profesora pasaron una gran cantidad de ideas, producto todas ellas del incidente en el que se sintió agredida:

 

  • Si yo trato de usted a mis estudiantes, por qué él no me trata de la misma manera
  • Qué le pasa, cómo se le ocurre hablarle de a una persona de mi edad
  • ¿No se da cuenta de que somos diferentes? Yo soy la maestra y merezco el trato que me corresponde
  • No está tratando con uno de sus compañeros, no puede hablarme de .

 

El resultado, que no el desenlace, fue una queja presentada por la maestra en la dirección del plantel. Luego de intentar aclarar el punto en una discusión cara a cara, ninguno de los dos involucrados cedió.

La maestra estaba acostumbrada y, además, esperaba el trato que consideraba respetuoso. El alumno —de nuevo ingreso, por cierto— había asistido antes a una escuela en la que el era usado de manera normal con prácticamente todo el personal del plantel.

No hay duda de que ambos, profesora y alumno, actuaban conforme a convicciones y costumbres. En ninguno de los dos había mala intención: tan sólo un desacuerdo que surgía de sus referentes distintos y usanzas diferentes.

La solución se dio sólo hasta que la madre del joven acudió a la escuela. También la señora argumentó que la forma de expresarse del hijo correspondía a un hábito adquirido en el anterior centro educativo, que por cierto era bastante compatible con las formas domésticas de trato entre personas mayores y menores en el hogar. En su casa no consideraban que el estuviese reñido con el respeto y la consideración.

No obstante, a pesar de las razonables explicaciones, la profesora manifestó la incomodidad que sentía: pidió que se mantuviera el usted como la fórmula de trato con ella.

Sin ser un acto impositivo, apeló al siguiente razonamiento: “A mí me incomoda y ofende el tú. Si al muchacho le pido el usted, puede serle extraño, poco familiar o, incluso, provocarle enojo; pero no hay ofensa hacia su persona. De la otra manera hay al menos una persona que se siente agraviada. Podrá ser muy tradicionalista mi postura, pero tengo derecho a recibir el trato que considero adecuado por la manera en que he sido educada”.