El resultado, que no el desenlace, fue una queja presentada por la maestra
en la dirección del plantel. Luego de intentar aclarar el punto
en una discusión cara a cara, ninguno de los dos involucrados
cedió.
La maestra estaba acostumbrada y, además, esperaba el trato que
consideraba respetuoso. El alumno —de nuevo ingreso, por cierto— había
asistido antes a una escuela en la que el tú era usado
de manera normal con prácticamente todo el personal del plantel.
No hay duda de que ambos, profesora y alumno, actuaban conforme a convicciones
y costumbres. En ninguno de los dos había mala intención:
tan sólo un desacuerdo que surgía de sus referentes distintos
y usanzas diferentes.
La solución se dio sólo hasta que la madre del joven acudió a
la escuela. También la señora argumentó que la forma
de expresarse del hijo correspondía a un hábito adquirido
en el anterior centro educativo, que por cierto era bastante compatible
con las formas domésticas de trato entre personas mayores y menores
en el hogar. En su casa no consideraban que el tú estuviese
reñido con el respeto y la consideración.
No obstante, a pesar de las razonables explicaciones, la profesora manifestó la
incomodidad que sentía: pidió que se mantuviera el usted como
la fórmula de trato con ella.
Sin ser un acto impositivo, apeló al siguiente razonamiento: “A
mí me incomoda y ofende el tú. Si al muchacho
le pido el usted, puede serle extraño, poco familiar
o, incluso, provocarle enojo; pero no hay ofensa hacia su persona. De
la otra manera hay al menos una persona que se siente agraviada. Podrá ser
muy tradicionalista mi postura, pero tengo derecho a recibir el trato
que considero adecuado por la manera en que he sido educada”.