El
Imperio no es un libro de historia, y, sin embargo, aporta
los elementos para interpretar un pasado y encontrar explicaciones,
que por demenciales que a veces parezcan, no dejan de confirmar
esa vieja idea de que la realidad suele superar a la ficción.
Aunque, claro, es la visión de alguien que, por vecindad,
“padeció” a la URSS y por ello no le encuentra
ninguna virtud digna de destacar.
Algo sorprendente para quien se acerca con apertura a la lectura
de este libro, consiste en el encuentro de similitudes y paralelos
con la propia historia de México. Impensable cuando se parte
de la idea de una lejanía que hace improbable la contaminación
de una cultura, por parte de otra con la que no se comparte casi
nada.
No hay contagio y, sin embargo, cómo podemos ser parecidos,
al menos en lo que tiene que ver con procesos en los que se intenta
hacer construcción de una nacionalidad o una identidad y
en los tropiezos que se hallan en el camino.
“Vivir en provincias significa vegetar,
ser víctima de la pobreza y el desamparo. De ahí
el ansia de trasladarse a una gran ciudad, preferentemente a
la capital, que ofrece perspectivas de una existencia mejor,
de un ascenso laboral y social”. 1
Qué
decir de la diversidad de la población que puede tener cabida
en un amplísimo territorio y lo aniquilante que resulta un
centralismo empeñado en la homogenización. Lo que
significaba en términos de sometimiento —para los grupos
minoritarios— ser parte de un territorio “normalizado”,
pero sin compartir origen, costumbres, oportunidades o aspiraciones
similares.
Ahí vemos los inverosímiles vericuetos de una burocracia
que no llegó a regular y administrar el ritmo respiratorio
de cada uno de sus habitantes, quizá por el solo azar de
que a ningún directivo se le ocurrió que el Estado
debía hacerlo.
Podemos percatarnos de cómo esta necesidad de fiscalizar,
hace que los controles implementados se conviertan en los engranes
defectuosos que dificultan —casi hasta el límite de
la operatividad— la cotidianidad individual y colectiva. Colas,
trámites, registros, sellos, decisiones, requisitos y esperas
que más tarde o más temprano toparán con la
decisión arbitraria de quien tiene apenas el mínimo
de autoridad institucional.
Maquinaria imperial que, para seguir funcionando, renuncia a lo
que de humano debe tener un gobierno. Solidaridad, respeto, bienestar
y desarrollo, son conceptos que no tienen cabida en lo individual
y ni siquiera en lo colectivo. De lo que se trata es de fortalecer
la estructura misma, al margen de quienes la integran.
Le invitamos, pues, a dejarse guiar por un Kapuscinski, que en esta
obra, deja testimonio escrito del colapso imperial.
Bibliografía recomendada:
Kapuscinski, Ryszard. El Imperio. Barcelona,
Anagrama, 2003 (traducción del polaco de Agata Orzeszek).
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1 Kapuscinski,
Ryszard: El Imperio, p. 134. |