Hace tiempo, en
las escuelas se enseñaba que había distintas
razas humanas y combinaciones de éstas. Negra, amarilla, blanca
y cobriza eran algunos de los nombres que se usaban para distinguirlas.
Vaya tontería porque, además, ninguno de los colores
a los que se hacía referencia correspondía con exactitud
a la tonalidad de la piel. Hubo también nomenclaturas que, en
sí mismas, llevaban una carga de desprecio que mucho tenía
que ver con el grupo humano que las propuso. Así todavía
encontramos libros que hablan de “negroides”, “mongoloides” y caucásicos.
¿Por qué no “caucasoides”, como para dar un trato igual? ¿Notas
esa ofensiva terminación “oide”? Claro: porque se asumía
a los caucásicos como raza mejor y, por supuesto, que los términos
habían surgido de una comunidad científica perteneciente
a países donde predominaban los rasgos caucásicos.*
Por supuesto que, con algo de trampa en el uso del lenguaje, se podría
justificar con la acepción aquella de la Real Academia Española
de la lengua en la que la terminación “oide“ quiere decir: parecido
a. Pero no nos hagamos tontos: el lenguaje también refleja
lo que en el fondo se piensa, aunque se busquen formas engañosas
para decirlo.
La discriminación es
una cosa muy vieja en la historia de los pueblos. Posiblemente una unión
entre diferencias físicas —evidentes y muy marcadas—; así como
la historia de los pueblos, desde tiempos remotos, ha influido el sentirse
iguales o diferentes a los demás.
Si a esto sumamos que en la antigüedad los grupos humanos permanecían
relativamente aislados de los otros —sin gran posibilidad de mezclas
y contacto cotidiano— resulta lógico imaginar que ello dio origen
a una diferenciación en costumbres y formas de vida.
Ahora bien: cuando esos grupos humanos entran en contacto, pero de
manera hostil —a través de conquistas, guerras y relaciones
de dominación— es que se va fortaleciendo esa idea de superioridad
de unos, y de inferioridad de los demás, que en el fondo no
hace otra cosa que reflejar un profundo temor hacia lo que resulta
diferente y extraño.
“No es igual a mí, no lo conozco; entonces he de atacarlo,
destruirlo o someterlo”.
“Si no le identifico como igual, tampoco tengo que tratarlo
como a un semejante. Por lo tanto me está permitido sacar provecho
de él”.
Ejemplos encontramos muchos, y ahí están para demostrar
lo deplorable de nuestra historia como especie: la
esclavitud de mucha gente originaria de África, la opresión
o el aniquilamiento de las poblaciones nativas de América, el
menosprecio de los orientales, el arrinconamiento y la marginación
de los aborígenes australianos. Como puedes darte cuenta, la
lista puede hacerse bastante larga.
* Según
el Diccionario de la Real Academia Española , es la raza
blanca o indoeuropea supuestamente originaria de la región del Cáucaso.