Hay un búfalo solitario en la colina y, a su alrededor, no se ve otra cosa más que matorrales y pasto. El macho, impulsado por su naturaleza, cierra los ojos y levanta la cabeza poniendo en el punto más alto los ollares de su nariz. Aspira profundamente el aire que proviene de distintas direcciones, hasta que llega el mensaje esperado. Su olfato le indica que hacia el Este, quizá a varios kilómetros, se encuentra una hembra de su especie en celo. Una oportunidad para aparearse y contribuir a la pervivencia de su especie.
La primera dificultad ha quedado superada. Encontrar a la hembra apropiada en la inmensidad del territorio y fuera de su campo de visión.
¿Y qué sucede al Este?
Esa hembra, la identificada por el búfalo, ha recibido también un mensaje olfativo. Pero en este caso, proviene de un segundo macho que se encuentra un poco al Norte. No percibe al otro porque el viento corre en dirección contraria; pero lo que su nariz indica es que, muy cerca, al Norte, hay un macho adulto con capacidad reproductiva. Sin dejar de hacer pausas para comer el escaso pasto, se desplaza hacia el Norte esperando que al fin del viaje se dé el encuentro que permitirá la procreación de un nuevo búfalo.
¿Con qué macho copulará finalmente? Ésa es otra historia que dependerá de muchos factores: habrá que esperar para comprobar cuál de los dos machos llegará primero a la cita, cuál es dominante por su tamaño y temperamento, a qué galán potencial prefiere la misma hembra, en fin...