Poco después, con El Concilio de Trento (1545-1563) —que permitió a la Iglesia católica institucionalizarse ante lo que crecía como alternativa de fe—, se le reglamentó eliminando el parentesco espiritual entre compadres para reconocer, solamente, el que se establecía entre el sacerdote y el bautizado, así como entre el padrino y el ahijado.

Pese a estas restricciones y ante la necesidad de establecer lazos entre las personas de uno a uno, se fue encontrando por dónde darle cauce a esta forma de convivencia reconocida o no. Cuando menos hasta mediados del siglo XX, la información etnográfica sobre México y el resto de Iberoamérica parece indicar que en estos ambientes civilizatorios la institución del compadrazgo adquirió pleno significado:

  • El lazo entre compadres era más importante que el de los padrinos con el ahijado.
  • La alianza afectaba a todos los miembros de las familias involucradas.
  • Existían más ‘pretextos' para celebrarlo que en Europa, donde se le había asociado al chismorreo desde antes del surgimiento de la Revolución Industrial.
  • En el bautismo se encontraba ocasión para hacerse de 3 o más padrinos (de pila, de ceremonia, de vela, de evangelio, etcétera).
  • En otros ritos o celebraciones había pretexto para hacerse de más compadres o comadres.

Según informa Julian Pitt-Rivers, un antropólogo inglés de la época, los motivos para constituir un compadrazgo eran: “Desde el primer corte de uñas o de cabello del niño, la ceremonia en la que es llevado por vez primera en brazos de un adulto, la perforación del lóbulo de las orejas de la hija (esto último se da también en Italia), la bendición de una casa, de un altar, de una imagen religiosa, de un rosario o de un camión nuevo, una ceremonia de curación o, simplemente, el hecho de patrocinar conjuntamente una fiesta”.

Aunque desde aquellos días se anunciaba que el compadrazgo se hallaba en trance de desaparición por requerir de relaciones particulares, no universales, propias de las comunidades cerradas, el panorama para aquel profesional de la mercadotecnia debió haber sido sumamente esperanzador. Por muy deteriorada que estuviera dicha institución, treinta años después de reportados estos datos, la cantidad de personas a las que un padre de familia habría que regalar en un día declarado en honor de los compadres habría representado un gran negocio. Quién sabe cómo le habrá ido al señor publicista.

 

Para ampliar la información puede consultarse: Pitt-Rivers, Julian. Seudoparentesco , en David Sills (editor). Enciclopedia Internacional de Ciencias Sociales. Madrid. Aguilar. Vol. VII.

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