El concepto está tomado de la mecánica y de la física:
la resiliencia era originalmente entendida como la capacidad de los
cuerpos u objetos de reaccionar frente a fuerzas externas que tienden
a distorsionar su forma, y para tender un regreso a la forma inicial
pero mejorada debido a su elasticidad o flexibilidad para recuperarla.
En este sentido, se dice que el metal que pasa por el calor hasta deformarse
y luego tiende a enfriarse para hacerse más fuerte es resiliente.
Este término también es usado en medicina:
la osteología ha adoptado (y adaptado) el concepto para definir
la capacidad de los huesos de crecer en el sentido correcto después
de una fractura.
En su acepción moderna, en la resiliencia convergen muchas
otras disciplinas como la pediatría, el psicoanálisis
y la salud publica, es ya una categoría que propone trabajar
ya no sobre los factores de riesgo de las personas vulnerables, como
los niños, sino también sobre la capacidad de los pequeños
para afrontarlas, poniendo en juego sus capacidades individuales.
En la salud, las investigaciones en resiliencia han cambiado la forma
en que se percibe al ser humano: de un modelo de riesgo basado en las
necesidades y en la enfermedad, se ha pasado a un modelo de prevención
y promoción basado en las potencialidades y los recursos que
el ser humano tiene en sí mismo y a su alrededor.
Además, recientemente se ha desarrollado el concepto, muy importante
para nuestros países en vías de desarrollo, de resiliencia
comunitaria, que describe esa capacidad de nuestros pueblos
para superar crisis y catástrofes (inundaciones, terremotos,
ciclones, etcétera). Entre los pilares de la resiliencia comunitaria
se mencionan la autoestima colectiva, la identidad cultural, a honestidad,
la solidaridad y el liderazgo comunitario.
La resiliencia posee dos elementos importantes: la resistencia
o capacidad de proteger su propia integridad frente a los
efectos de estrés o tensión negativos y la elasticidad
o flexibilidad para proseguir el desarrollo de los procesos
constructivos.
Con esta reflexión tratamos de señalar la importancia
y la esperanza de construir mejores alternativas para el ser humano
a partir de la resiliencia en acciones sociales, educativas y de salud
que abarquen a las personas de todas las edades, desde la primera infancia
hasta la tercera edad; a familias e, incluso a las comunidades a través
de programas que promuevan y refuercen sus características resilientes.