Maremotos
en Asia, atentados
en Nueva York, inundaciones en la India, guerras
en Medio Oriente, atentados
en Madrid y en Londres: está en duda el futuro de la
humanidad.
El pesimismo se agudiza ante nuevas y viejas enfermedades como la influenza,
el cáncer y el
sida. Y cabe preguntarse, ¿es que no hay razones para la
esperanza? ¿La humanidad va sin remedio con rumbo al precipicio?
Evidentemente eros y tánatos luchan, y en esa lucha está la
supervivencia humana. Hay un fenómeno que desde hace algunos años
ocupa la atención de científicos de diversa índole:
tiene que ver con el sentido de vida. Es una pulsión hacia la
vida que pasó inadvertida o casi inadvertida, y que permite albergar
esperanzas acerca de la capacidad humana de reaccionar ante las adversidades
que en principio parecerían insuperables.
Se trata de la resiliencia, es decir la capacidad
humana de superar las adversidades y construir sobre ellas. La resiliencia
es la capacidad de una persona o grupo social, no sólo de soportar
crisis y adversidades, sino de poder recobrarse y salir fortalecido
de ellas.
Resilire, en buen latín, quiere decir “volver a entrar
saltando” o “saltar hacia arriba”. ¿Pero cómo se aplica
esta capacidad humana (aunque también es de los demás
seres vivos)?