Esther López-Portillo

En algún lugar de México, hace no mucho tiempo, nació un hombre, llamado Juan Gedovius en cuya mano se encontraba el poder para dar vida a distintos personajes; para hacerlo se valía de lápices, hojas, pinceles y tintas multicolores, aunque has de saber que así como los hacía vivir, también era capaz de desaparecerlos: claro está que no sin razones importantes y siempre con ayuda de su goma.

Juan Gedovius un día, quizá después de desayunar un buen vaso de chocolate con leche, tuvo una gran idea: se le ocurrió que esos personajes —como todos los seres— tenían una historia que contar. Así les dio completa libertad para correr a lo largo de páginas y más páginas hasta que, casi sin darse cuenta, formó libros completos, enteritos, donde seres como el Tintodonte o Trucas contaban algo de su vida.

Pero existe algo raro en todo esto: hace dibujos, hace seres, hace vidas pero no hace letras... Así como lo lees: aunque ha ilustrado los cuentos de algunos escritores, los suyos tienen muy pocas palabras o ninguna, son sólo muchos trazos y colores que, sin embargo, cuentan una historia... ¿Que cómo está eso? Las personas a través de la vista podemos entender mucho de lo que sucede a nuestro alrededor, y los lenguajes que utilizamos van más allá de la lengua; seguro que con un gesto y sin valerse de palabras, mamá y papá te dicen si están enojados o contentos, ¿no?

Pues es algo así. Imagina que cuando el cine empezó era mudo (aunque se valía de algunos letreros para contar sus historias); es decir, carecía de cualquier sonido y la gente iba en numerosas cantidades, se sentaba en su butaca y se reía o lloraba según la trama que se desarrollaba en pantalla, porque podía entender lo que sucedía, incluso ponerle palabras.

Pero ése no es el tema; existen tres libros de Juan Gedovius de los que hablaremos hoy: el primero es Trucas. De la portada se asoma un extraño y peludo ser color verde de grandes ojos, orejas y nariz que parece mirarte fijamente; por lo que hace en el interior de las páginas podrás descubrir que es bastante inquieto y que, como a su autor, le gusta dibujar, pero utiliza óleos y termina siendo multicolor... En algún momento verás cómo su mamá lo descubre y claro, lo acusa con el dedo para terminar en una bañera de madera —cosa que al parecer a Trucas no le gusta— escurriendo tinta se marcha enfadado y, en el cambio de página, se encuentra con un lápiz... ¡Podrá seguir dibujando! Sigue el lápiz y ¡zaz! Se lleva una sorpresa, lo que creyó instrumento de dibujo no era otra cosa que la cola de un monstruo muy parecido a un dragón... ¿Qué hará?