La mayoría de los tableros eran de cartón, como hoy
en día los conocemos. Los primeros eran pintados a mano, y en
el siglo XVII en Inglaterra los empezaron a imprimir, con lo cual surgieron
muchos juegos similares; como quien dice se “globalizó”.
En estos cartones se ve una espiral formada por 63 casillas, sí:
ni más ni menos. No preguntes por qué, ningún
libro que consulté lo dice. Aunque si te pones un poquito a
pensar recordarás que el número 7 multiplicado por 9
nos da 63, y cada casilla con el número 9 y sus múltiplos
tiene la imagen de una oca. ¿Se te ocurre otra razón
de por qué son 63 casillas?
Las casillas siempre tenían y tienen hermosos dibujos, con
el tema que se halla elegido para que el tablero lo represente. Las
temáticas y los personajes que tiene cada versión son
diversos: viajes, épocas y estaciones del año, temas
de botánica con colecciones de hojas o flores, familias de
animales, filatelia, futbol, las Olimpiadas, escenas de la historia,
juguetes, personajes de la literatura, el cine o la televisión, etcétera.
La creatividad de los fabricantes ha sido inmensa. En el siglo XVIII
se convirtieron en escenas de la vida cotidiana, muchos de ellos
moralizantes y se aprovechaban para ofrecer ejemplos de virtudes
o conductas propias de la sociedad de esa época.
Incluso se ilustraban temas como el de la Revolución Francesa,
con curiosos tableros con intrigas políticas, enredos populares
y románticos e incluso la Primera Guerra Mundial. Se pueden
representar cuentos y fábulas y reutilizar el juego para seguir
las aventuras de Don Quijote o los
viajes de Julio Verne, etcétera.
En ese sentido, la versatilidad del juego es enorme. En Barcelona,
durante el año 2001, hubo una exposición de tableros:
existe uno de 1790 que muestra las aventuras y desventuras de la vida
de Jorge III en Inglaterra.