Isol es una mujer muy especial: autora, ilustradora y, según afirman algunos, maga… Sí, leíste bien: esos algunos cuentan que ella —no se sabe si todos los días, pero es seguro que con frecuencia— acude a su lugar secreto donde esconde una especie de laboratorio alquímico de las historias.
Ahí guarda con recelo un caldero que llena, casi al tope, de un líquido azuloso —conocido en el mundo de la magia como líquido de sueños—; después, y con cuidado de no derramar una sola gota, vierte poco a poco varios grupos de palabras, incorpora trazos desenfadados que adentro se vuelven dibujos, pone una pizca de color —aunque a veces se le pasa la mano— claro que eso llena de vida al misterioso caldero. Hay un ingrediente ultra secreto que nadie ha podido descubrir, aunque se especula que dicho ingrediente no es otro que la imaginación.
Isol da vueltas y vueltas a los ingredientes dentro del caldero cuidando que se mezclen a la perfección; entonces, en el momento justo, derrama un frasco de tinta e introduce unas hojas de papel que absorben la sustancia, las deja reposar por alrededor de quince minutos, las saca y las sujeta con unas pinzas al tendedero. Ahí se quedan las hojas una o tal vez dos horas, cuando Isol vuelve descubre plasmadas todas esas historias que soñó o imaginó aún antes de hacer alquimia.
Isol nació en 1972 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. A lo largo de su vida ha ganado diversos premios como cuentista, poeta, ilustradora y dibujante de historietas. Ha trabajado en distintos periódicos y revistas y, lo mejor, ha publicado una serie de libros infantiles como: Cosas que pasan, El globo, Intercambio cultural, Un regalo sorpresa y Secreto de familia.
Una de las cosas que les sucede con más frecuencia a los niños es vivir la incomprensión por parte de los adultos. Isol, a pesar de haber dejado de ser niña hace algunos años, entiende a la perfección esta problemática; por ejemplo, en El globo cuenta la historia de una niña, Camila, que cuando veía enojada a su mamá, que gritaba con los cachetes inflados y llenos de color, no podía hacer otra cosa más que imaginarla igual a un globo. Un buen día la imaginación superó a la realidad, su mamá se convirtió en un globo hermoso, rojo y brillante que, sobre todo, permanecía callado.