No, no es un rifle de alto poder con mira telescópica. Mucho
menos los arcos, las flechas y las lanzas. Tampoco lo serían las
modernas trampas con ingeniosos dispositivos para atrapar animales. Al
menos para algunas especies como los osos, los lobos, los bisontes y
los gorilas, el arma más devastadora ha sido la exageración
del cazador.
Sí, un número considerable de fauna ha desaparecido o
está al borde de la extinción gracias a la imaginación
desbordada de algunos, y también a esa tendencia tan frecuente
que consiste en hacer grandes las cosas.
Pensemos, por ejemplo, en el bisonte americano o búfalo. Efectivamente,
este mamífero ocupó con abundancia todo el norte del continente
americano. Inmensas manadas que podían ser encontradas desde Canadá hasta
México, pastando en las extensas praderas y siendo fundamentales
para la vida de las tribus nativas. No se sabe con exactitud de cuántos
animales se trataría, pero hay quien calcula que pudieron ser
entre 40 y 60 millones de ejemplares, en aquellos tiempos anteriores
a lo que se conoce como la “conquista del oeste”.

Para imaginar la cantidad piensa en aquellas primeras
caravanas de colonizadores o a los exploradores, quienes debían esperar varias horas para
continuar su camino mientras pasaba delante de ellos todo un mar de cornudos
animales. Seguramente atrapaban a tantos como podrían comer hasta
saciarse y, aun así, no notaban una merma en la población.
Como quitarle una púa al puercoespín.
Por supuesto: tal abundancia se hizo mito, y no faltaron los cazadores
que ya ni siquiera se interesaban por la carne. Creyendo que tal cantidad
de cuadrúpedos era inacabable, el objetivo principal comenzó a
ser la práctica de tiro: obtener una cabeza como trofeo o hacerse
de una piel para adornar la entrada de la casa. La exageración
de su abundancia logró que en sólo cien años,
se acabara con tantos millones, de tal forma que a finales del siglo
XIX, los bisontes no llegaban ni siquiera a mil.