Esther López Portillo

 

La ciudad prehispánica de Teotihuacan fue edificada en un valle que se ubica a 45 kilómetros al Noreste del Distrito Federal, en el Estado de México. De acuerdo con las investigaciones realizadas en el sitio, se ha concluido que es una de las ciudades más antiguas de Mesoamérica. Sus primeros pobladores se establecieron alrededor del siglo II a. de N.E., de quienes se desconoce su procedencia, lenguaje, costumbres y modo de vida. Algunos creen que pertenecieron al mismo grupo del que, en determinado momento, se desprendieron toltecas y mexicas; mientras que otros piensan que pudieron ser aquellos que emigraron del Sur del valle de México tras la erupción del volcán Xitle.

En ese primer momento, Teotihuacan era una aldea de aproximadamente seis kilómetros cuadrados y una población de diez mil habitantes. Hombres y mujeres comenzaron a trabajar la obsidiana que podían obtener de los yacimientos de la zona; así comenzaron a producir puntas de flecha y cuchillos; se cree que el excedente de los objetos que producían les permitió iniciar un intercambio incipiente con otras regiones.

Con el paso del tiempo la demanda de productos desde otros lugares aumentó: entonces lograron establecer un sistema eficiente de producción y comercio que los llevó a los sitios más distantes de Mesoamérica. Por el Norte hasta los desiertos de Sonora y Sinaloa y, por el sur, hasta las ciudades mayas de Uaxactún y Tikal, donde se han encontrado piezas teotihuacanas. Como resultado los sectores artesanales crecieron y se diversificaron, logrando la perfección técnica en cada uno de los oficios que practicaban.

La ciudad alcanzó su mayor auge del 450 al 650 de N.E., cuando ya ejercía el poder político, cultural, económico, religioso e ideológico sobre las regiones aledañas que ocupaban parte del Estado de México, Puebla e Hidalgo; como consecuencia, la urbe aumentó lo mismo en extensión que en población, contando con doscientos cincuenta mil habitantes y veinte kilómetros cuadrados de extensión, siendo una de las más pobladas de la época. El sistema de gobierno era estratificado; a la cabeza se encontraba la clase gobernante y los sacerdotes.

La práctica de cada una de las actividades artesanales requería de la profesionalización, y las personas eran ubicadas en los barrios de la zona residencial de acuerdo con su oficio y precedencia —llegaban hasta el sitio personas de Oaxaca y Yucatán que creaban barrios zapotecas y mayas—; hasta el día de hoy se han descubierto más de cuatrocientos talleres utilizados por ceramistas, lapidarios, labradores de concha, pizarra, piedra sin pulir, albañiles, pintores y estucadores, entre otros. Las casas de los artesanos eran amplias construcciones de piedra, adobe y madera; y por el número de habitaciones se cree que fueron habitadas por familias numerosas que practicaban el mismo oficio.

 
 

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