En la parte alta
del claustro están plasmadas en los muros escenas de la
pasión, crucifixión, muerte y resurrección
de Cristo; imágenes donde los artesanos tuvieron que representar
a otro dios, muy distinto de los suyos. El que los indígenas
realizaran estos trabajos era parte de la tarea evangelizadora;
ellos plasmaban lo que los sacerdotes narraban con pasajes bíblicos,
así es posible ver escenas como: la “Oración en
el Huerto”, el “Lavado de pies”, a “Cristo sentado” al borde
de la Cruz, la “Crucifixión”, el “Descenso”, la “Piedad”,
la “Resurrección” y el “Pentecostés” .
Los
frescos sufren un gran deterioro, en muchos lugares se están
desdibujando e incluso se han perdido; en algunas partes y con
el fin de restaurar las paredes han sido cubiertos con yeso;
hoy en día existe un patronato dedicado a preservar y
rescatar los tesoros del Divino Salvador, que no sólo
son importantes para esa población o para el Estado de
México sino para el resto del país, pues representan
un fragmento de un momento histórico trascendental: la
Colonia. El convento tiene jardines interiores que son una evocación
de los extensos huertos que antaño poseía el convento
y que eran trabajados por indígenas y frailes. La parte
exterior es conocida como la capilla abierta, la portería
se compone por siete arcos, cada uno es sostenido por las imágenes
de los primeros evangelizadores, del friso sobresalen los medallones
en piedra con los escudos de la flor de malinali, la orden de
los agustinos, la virgen María y Jesucristo.
El Divino Salvador en su totalidad es una de las tantas riquezas
coloniales con que cuenta México; ahí, como en
otros sitios se fusiona el conocimiento llegado de Europa con
la sabiduría prehispánica, ampliando así el
crisol cultural de nuestro país.
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