La estructura semimonolítica del que hasta
hoy se conoce como edificio cuatro, resguarda dos bases alargadas
en forma de sarcófago que sirvieron como soporte para
los postes de madera que siglos atrás sostenían
el techo. Cada 260 días, en el interior se realizaba la
gran celebración en honor al Sol: en ese día era
costumbre sacrificar, ciclo con ciclo, a un miembro del cuerpo
militar y de defensa de los aztecas, a uno de la elite de los
guerreros. Ser elegido, muy al contrario de tomarse como una
tragedia, representaba un gran honor: sólo un hombre fuerte,
valiente y lleno de virtudes podía ser entregado en aquel
día al astro protector. Así no había cabida
para la tristeza: la muerte llegaba coronada por el reconocimiento
en medio de una gran fiesta.
Del edificio cinco se conserva muy poco, mientras que el edificio
seis pretendía ser una estructura monolítica que
-de acuerdo con los investigadores- estaba en construcción
cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán y
la devastaron. En las primeras exploraciones que se hicieron
en el sitio, los arqueólogos encontraron cinceles de granito,
basalto y andesita, instrumentos de trabajo que en el México
prehispánico utilizaban los tetlepanque .
Malinalco fue un centro estratégico, principalmente ceremonial
y militar, que también cumplió con fines comerciales.
La ubicación garantizó a los aztecas el control
de las comunicaciones en la zona que comprendía el valle
de Toluca, Morelos y la parte norte de Guerrero. Al estar
ubicados en Tenochtitlán, los españoles recibieron
noticias de que los pueblos de Malinalco, Matlatzinco y Tula
se habían aliado para emprender un ataque por la retaguardia
y recuperar su ciudad. Sin perder tiempo, Hernán
Cortés se adelantó al ataque y envió a
Andrés de Tapia para someterlos: tras una encarnizada
lucha el conquistador logró la rendición. Entonces
Malinalco fue entregado a Cristóbal Rodríguez para
iniciar la conquista espiritual de los indígenas: la evangelización. |