En Malinalco aún quedan vestigios de aquellos hombres que, acompañados por los sonidos del huéhuetl, ascendían al templo para realizar sus ritos de iniciación después de ser preparados arduamente en las artes de la guerra, de la vida y de la muerte, así como en el conocimiento que era transmitido por los sabios. Las paredes naturales del cerro -que sólo por un lado acompañan a los cientos de escalones- aún conservan las pinturas de pequeños demonios que guiaban el trayecto a la cima.

El conjunto arquitectónico consta de algunos monumentos repartidos en la terraza que, a modo de nido de águila, se alza a ciento veinticinco metros de altura. El edificio principal es “La casa de los guerreros”; estructura circular con techo de paja -restaurada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de acuerdo con los dibujos de antiguos códices-, las fauces de la serpiente conducen al centro del oratorio que, por su orientación al sur, marca con toda precisión el solsticio de Invierno.

En el interior se encuentran, reposando sobre una plataforma semicircular, las representaciones en piedra de un ocelote y dos águilas que miran hacia la entrada; animales que representaban a los guerreros en la vida y los simbolizaban en la muerte. En las paredes aún se logra distinguir la talla de las reproducciones de la textura de las pieles de dichos animales sagrados. Fue en ese lugar donde se encontró un huéhuetl de madera que, con sus vetas y el trabajo de en alto relieve, dio forma a una parvada de águilas en vuelo.

Existe otro edificio del que sólo quedan los vestigios de una pirámide trunca con dos alfardas que flanquean la escalinata de trece peldaños, hay restos de serpientes cuyas escamas están formadas por las puntas de las flechas que utilizaban los guerreros aztecas. El llamado edificio tres, es una construcción dividida en dos aposentos: uno rectangular y el otro circular; allí se realizaban las ceremonias de incineración y deificación de los guerreros que morían o que eran capturados en combate. Destacan los restos del mural que representa el alma de los guerreros águila y tigre, quienes están parados sobre una franja suspendida en el cielo formada por plumas -quizá de Quetzalcóatl- y pieles de tigre.
 

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