Esther López-Portillo

Cuenta una vieja leyenda que el dios azteca Huitzilopochtli abandonó en un paraje a su hermana Malinalxóchitl -flor del zacate-, pues descubrió sus dotes de hechicera; aprovechando el sueño profundo de la hermana, Huitzilopochtli continuó su camino sin mirar atrás. Ella, al despertar, se sintió enfurecida y sola: caminó por largo rato hasta que encontró el lugar adecuado para establecerse y lo llamó: Malinalco, “lugar donde crece el zacate”.

Esta población, ubicada en el Estado de México, es un lugar bordeado por una serranía de calles angostas y empedradas; las cuadras se conforman por casas con muros de adobe y techos de teja roja. Como en muchos otros lugares de México, aquí quedó impresa la fusión de dos culturas: los poderosos aztecas, una vez dominantes y luego dominados y los conquistadores que emprendieron la búsqueda de riquezas en un nuevo mundo desde el continente europeo.

Sobre los impresionantes acantilados de Malinalco, en la cima del Cerro de los Ídolos, se yergue el centro ceremonial dedicado al dios Huitzilopochtli; único templo monolítico en América. Las tres entradas del pueblo hacen evidente aquel pasado precolombino al recibir con dinteles que, en la parte más alta, ostentan los emblemas de los guerreros aztecas que siglos atrás eran dueños de aquel paraíso.

Fue en 1501 cuando el tlatoani Ahuízotl, ordenó la construcción del recinto en Malinalco; el sitio serviría como centro ceremonial para llevar a cabo los ritos de iniciación de los guerreros águila y tigre, grupo selecto de las órdenes militares del pueblo del Sol. De acuerdo con la cosmogonía y las creencias aztecas, ellos se reconocían como el pueblo elegido por el Sol para alimentarlo; la guerra además de una forma de culto era una actividad necesaria para ellos, que buscaban el dominio y control de otros pueblos. En el oratorio y ante la imagen del astro, los prisioneros eran sacrificados, se creía que servían como mensajeros entre el pueblo y la divinidad. Al dios se le ofrecía como alimento el corazón por ser el órgano que posibilita la vida y que la sostiene y la sangre como elemento vital por excelencia, era vertida en la jícara “donde bebe el águila”. 

 
 

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