En 1571 el obispo
Bernardo de Alburquerque inició las
gestiones para fundar en el centro de la ciudad de Oaxaca, Oaxaca,
el primer convento dominico, pues hasta entonces no existía
ninguna congregación femenina de la orden predicadora.
Un año más tarde, el Vaticano autorizó la
fundación del convento: Bernardo de Alburquerque viajó a
la capital de la Nueva España con el firme propósito
de encontrar a las religiosas que lo iniciarían. Logró convencer
a cuatro clarisas —monjas franciscanas— quienes además
de viajar con él aceptaron cambiar de orden a carmelitas.
Las religiosas se arrepintieron poco antes de la ceremonia y
regresaron a su convento en la capital. Bernardo
de Alburquerque no se dio por vencido, y en ese mismo año estableció comunicación con una congregación
de carmelitas en España; un grupo de ellas respondieron
a su solicitud y de inmediato se trasladaron a México.
Así se fundó el primer convento dominico en Oaxaca
y el segundo en todo el territorio conquistado. Las monjas fundadoras
habitaron por un largo periodo en la casa del obispo pues las
obras para construir el convento de Santa Catalina de Siena aún
no habían comenzado. La casa del obispo, además
de servir como hogar, fue la sede desde donde realizaron sus
primeros trabajos comunitarios.
El obispo encargó el diseño y la ejecución
del proyecto al fraile Hernando de Cavarcos, reconocido en la
región por sus trabajos arquitectónicos. La obra
inició en 1576. El conjunto fue diseñado al modo
de los conventos de la época: patios centrales rodeados
de habitaciones para diferentes fines, una huerta, sección
de lavaderos, capilla y claustro. Como la mayoría de los
edificios que datan de la Colonia, fue realizado en diversas
etapas. Su construcción concluyó en el siglo XVII,
aunque en el XVIII se le hicieron algunas modificaciones que
respetaron el proyecto original.
La vida de los conventos durante la Colonia
estaba estrechamente ligada a la sociedad novohispana. En el
templo se efectuaban diversas ceremonias litúrgicas y
sacramentales —oficiadas
por sacerdotes—; por su parte, la zona de lavaderos estaba
abierta al público y las mujeres de la comunidad —principalmente
indígenas— acudían con regularidad para hacer uso
de las instalaciones.
El conjunto se divide en cuatro áreas y cada una cuenta
con un edificio de dos niveles: la mayoría de las habitaciones
tienen vista a las calles del centro histórico y, sin
importar su función, se organizaron en crujías que fueron distribuidas en torno a cinco patios que, entonces
y ahora, son ornamentados con más de ochenta variedades
de flores y plantas.
La circulación y el acceso a los espacios es posible
a través de largos corredores con arcadas, en cuyos muros
destacan los frescos realizados por artesanos indígenas
y donde se narran episodios relacionados con el nacimiento, la
muerte y la resurrección de Cristo y otros momentos importantes
para el culto católico y la orden predicadora. Además,
se conservan doce óleos representativos del arte en el
virreinato.
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