Woodward, Bernstein y Garganta Profunda

Woodward y Felt se conocieron en 1970 en la Casa Blanca, cuando el primero era teniente del ejército y Felt pertenecía ya a la alta jerarquía de la FBI. En su primer encuentro Felt dio a Woodward su número personal, lo que marcaría el inicio de una relación amistosa de más de tres décadas. De alguna forma, Felt se convirtió en el consejero del joven Woodward. Cuando éste ingresó dos años más tarde al Washington Post como periodista, la relación alcanzó también el campo profesional.

El 2 de mayo de 1972 fallecía el legendario y oscuro director de la FBI desde 1924, Edgar Hoover. Mark Felt, subdirector del organismo y miembro del mismo desde hacía 36 años, esperaba ser su sucesor. Pero Nixon y sus asesores decidieron nombrar a alguien de su entera confianza, Patrick Gray, para evitar que el FBI quedara bajo las órdenes de un hombre cercano a Hoover. El recién fallecido policía había mostrado públicamente su desprecio por Nixon y su forma de gobernar. Felt era uno de los colaboradores más leales de Hoover, por lo que fue descartado como director en seguida. La suerte estaba echada.

Woodward y BernsteinCuando Woodward y Bernstein fueron asignados a cubrir lo que parecía un simple robo en las oficinas del Partido Demócrata, en junio de 1972, la amistad con Felt resultó invaluable. Woodward llamó a su amigo de la FBI, quien le dijo que el caso “se calentaría” y le colgó el teléfono abruptamente. Cuando la obtención de información se hizo difícil, Woodward recurrió nuevamente a Felt, quien no tomó sus llamadas. El periodista tuvo que buscarlo en su casa de Virginia. Fue allí donde crearon su código secreto de comunicación. No se harían más llamadas telefónicas ni visitas. Cuando Woodward necesitara a Felt, colocaría una maceta vacía en el balcón de su departamento. Si el que deseaba el encuentro era Felt, éste hacía publicar un pequeño reloj pintado en la página 20 del periódico The New York Times . Entonces, los amigos se reunían en el sótano de un estacionamiento público.

Entre el allanamiento del Watergate y la renuncia de Nixon pasaron dos años, durante los cuales la información aportada por Felt fue de incalculable valor para Woodward y Bernstein. Si bien no todo lo que reveló a los periodistas fue información original, sus datos sirvieron para comprobar lo que ellos averiguaban a través de otras fuentes. La frase favorita de Felt para orientar a los investigadores era “sigue el dinero”.

Woodward y BernsteinWoodward y Bernstein plasmaron los resultados de su investigación en un libro que batió récords de venta y los catapultó a la fama. En esta obra los periodistas se refieren a su informante principal como Garganta Profunda, el nombre de una famosa película para adultos de la década de los setenta.

La figura de Felt ha desatado polémica desde la revelación de su identidad secreta. Hay quienes lo consideran un traidor por haber delatado las operaciones encubiertas de sus superiores. Para otros se trata de un héroe y un patriota que defendió a la FBI al no prestarse a las corruptelas de la administración Nixon.

Independientemente de la opinión que se tenga sobre él, la participación de Felt como Garganta Profunda —como una fuente anónima de información— pone el dedo en la llaga: ¿qué tan válido es que un periodista recurra a este tipo de fuentes? La respuesta no es sencilla, pues se puede apelar a la ética periodística para refutar a los que apoyan su uso. Sin embargo, investigaciones importantes no podrían haber tenido lugar si los periodistas no hubieran tenido a la mano colaboradores anónimos que les facilitaran la obtención de información. El debate cobra mayor importancia en una época en la que la prensa de varios países, incluido México, está siendo fuertemente atacada y presionada, en nombre de la seguridad nacional.

Mark FeltParece ser, de cualquier forma, que aún queda mucho por decir sobre el Watergate

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Fuentes:

  • Brinkley, Alan, Historia de Estados Unidos. Un país en formación, México, MacGraw-Hill Interamericana, 2003, 1083 p.
  • Johnson, Paul, Estados Unidos. La historia, Barcelona, Ediciones B, 2001, 879 p.
  • Revista Milenio, 6 de junio de 2005, p. 50-55.
  • Revista Proceso No. 1492, 5 de junio de 2005, p. 64-67.