El caso Watergate
El enfoque de la administración Nixon era, en parte, el resultado de los cambios que la institución presidencial había venido experimentando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Dichos cambios tenían que ver fundamentalmente con los alcances del poder presidencial. Durante la década de los cuarenta se habían decretado varias leyes que limitaban la autoridad del presidente. En respuesta, una sucesión de presidentes había buscado nuevos métodos para ejercer el poder interpretando mañosamente la ley o violándola con frecuencia.
Nixon no fue la excepción. Por el contrario, al enfrentar al Congreso dominado por el Partido Demócrata, hostil a sus metas, Nixon intentó encontrar formas de pasar por alto la legislatura cada vez que le fue posible. Poco a poco fue consolidando una jerarquía de mando en la que prácticamente todo el poder ejecutivo quedó concentrado en la Casa Blanca. Con el desconocimiento de la mayoría de sus colaboradores, excepto unos cuantos amigos íntimos, se vio involucrado en una serie de actos ilegales y de abuso de poder que, a finales de 1972, comenzaron a salir a la luz pública.
Durante las primeras horas del 17 de junio de 1972, la policía arrestó a cinco hombres que habían entrado clandestinamente en las oficinas del comité nacional del Partido Demócrata, ubicadas en el hotel Watergate en Washington, con el fin de intervenir los teléfonos para controlar la actuación del comité. Pronto se descubrió que la acción formaba parte de una campaña para ayudar al presidente Nixon a ganar la reelección ese mismo año. Otros dos implicados fueron detenidos después, acusados de supervisar la intromisión.
En un principio la Casa Blanca negó cualquier participación en el incidente, pero la intensa investigación realizada por Woodward y Bernstein, publicada por el Washington Post, puso al descubierto la implicación de prominentes miembros del gabinete presidencial en actividades ilegales y el intento de tapar el asunto. Varios oficiales y consejeros de la Casa Blanca fueron procesados y condenados por actos criminales.
La atención se centró entonces en el presidente Nixon. Cuando se supo que grababa sistemáticamente todas las conversaciones que tenían lugar en la Casa Blanca, fue conminado por el
Tribunal Supremo a entregar todas las cintas o a enfrentar un juicio de procedencia o impeachment. Nixon escogió la primera opción. Las grabaciones revelaron que el presidente estaba directamente en el asunto Watergate.
A pesar de la evidencia, Nixon negó públicamente las imputaciones; pero al final se vio obligado a admitir su participación en el escándalo. El 9 de agosto de 1974 renunció a la presidencia. Su sucesor, Gerald Ford, le otorgó el perdón por cualquier delito federal en el que hubiera podido incurrir. Pero la decisión de Ford no benefició al resto de los involucrados, pues varios de ellos fueron juzgados y encarcelados. Nixon se libró de la prisión pero su imagen quedó manchada para siempre.