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¿Cómo surgió el título de la novela? La novela originalmente se llamaba Acarnia en lontananza, tal como aparece en las páginas interiores, en honor a Ángel María Garibay, quien me enseñó mucho gracias a sus traducciones. Cuando el maestro tradujo la comedia Los Acarnios, de Aristófanes, en la edición de Porrúa, la palabra debía ser acarnanios, porque se habla de los nativos de la región de Acarnán; sin embargo, valiéndose de argumentos sólidos, los nombró acarnios. Cuando presenté mi novela en la editorial, el editor me pidió que le cambiáramos el nombre y la bautizó como La muerte del filósofo, título que acepté gustoso porque es una referencia directa a La muerte de Virgilio, que es una de las obras cumbre de la literatura universal. La trascendencia que le otorgas a la muerte del filósofo Gorgias es contradictoria si consideras los tres postulados esenciales de su pensamiento: “que nada existe, que si algo existiera sería incognoscible y que si algo existiera y fuese cognoscible, sería incomunicable”. Dichos postulados parecen contradictorios en sí mismos, pero no son más que las tesis eleatas de la existencia. En la novela, Gorgias es una persona que sabe bienmorir pero los que lo rodean no tanto... quizá por eso se ríe todo el tiempo. A lo largo del relato el Gorgias agazapado, muerto, se vuelve una presencia inexistente que al fin y al cabo gobierna los destinos de otros personajes. Insistiendo en lo anterior, ¿con tu novela intentaste comunicar la existencia de Gorgias de Leotino? Sí, aunque todo fue una reinvención; era la única oportunidad que tenía para escribir este libro. Si hubiese querido abordar el tema desde otra perspectiva hubiera escrito un ensayo. La ficción era la única herramienta que poseía para reunirme con este personaje, con este Gorgias que me resulta apasionante por oscuro y denostado. Los comentarios que existen en fuentes indirectas te pueden dar una idea muy distinta de la que comúnmente adquieres en el ámbito académico o en los manuales comunes de filosofía; Gorgias era muchísimo más de lo que nos da a entender la tradición platónico-aristotélica. Gorgias junto con Protágoras son la cumbre de la sofística, pero la cúspide coincide también con su debacle y con el advenimiento de la mayéutica platónica. La sofística siempre fue relegada; sin embargo, en el siglo XX nació la tendencia a revivirla; su valor es mucho mayor de lo que se sospecha. En ese sentido Gorgias no puede ser conocido, pero sí intuido. ¿El filósofo Gorgias subraya el poder omnímodo de la palabra para configurar la realidad y cambiarlo todo? Sí. Desde el principio de la entrevista he hablado mañosamente sobre el ensayo de Guy Davenport, en el sentido de que toda fuerza deviene forma. Ese es un postulado maravilloso, fue directriz en la novela. Hace unos días me reuní con unos alumnos y uno de ellos me dijo que yo le atribuía cualidades lumínicas al lenguaje y me percaté de que cada vez que mis personajes estaban en un ambiente de oscuridad yo utilizaba, casi instintivamente, muchas palabras relacionadas con la luz y, en efecto, la concentración de este tipo de palabras era mayor que en otros pasajes. Esto lo digo porque la palabra no sólo tiene relación con su significante, la misma palabra puede tener una connotación, una fuerza, un desbordamiento totalmente distinto, dependiendo de la fuerza que le dio origen y que la haga devenir en cierta forma. Una palabra que carece de significante cobra todo el peso por el solo hecho de la fuerza que la impulsa. Olvidémonos del significante, todo depende de la fuerza que se convierte en forma. ¿El principal reto de tu novela fue la recreación del lenguaje, valiéndote, como tú dices en el apéndice del libro, del “uso de arcaísmos casi homéricos”? Sí, en el lenguaje residió el vértigo, fue la parte más peligrosa, sobre todo los dos fragmentos que le atribuyo a Gorgias. Lo que al principio era como la punta de lanza para penetrar y situarme en un esquema mental de la antigua Tesalia, de la antigua sofística, de repente empezó a tomar una inercia fabulosa, hasta el punto de que ese mismo estilo se convirtió en mi oxígeno. Traté de dotar de una musicalidad y de una síncopa interna al texto; de pronto descubrí que podía ser cantado, que había una suerte de unidad metargumental casi jazzística.
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