¿Y por qué comenzaste a escribir?

Por ocio y porque soy un apasionado de la literatura... esa pasión, esa fuerza, de alguna manera deviene forma. La pasión es una fuerza irresistible. A los 19 años estaba preocupado por escribir ensayos filosóficos, de hecho eso fue lo primero que publiqué. Después un amigo me impulsó para que escribiera narrativa. Me sentía un poco inseguro, hasta que un día, leyendo una escena de El idiota, de Dostoievski, en que un personaje está subiendo una escalera de caracol y sufre un ataque epiléptico, decidí que quería dedicarme a escribir.

 

¿Fue determinante tu relación con el Crack en tu labor como escritor?

Sí, gran parte de lo que soy como escritor se debe a la amistad que tengo con ellos. Conozco a Volpi desde que ambos estábamos en la facultad de Derecho. Nos presentó una amiga. Recuerdo que Jorge estaba haciendo una revista y me invitó a colaborar; escribí un ensayo como de treinta páginas sobre la mexicaneidad en Samuel Ramos, pero obviamente —por su extensión— nunca lo publicó. A partir de ese momento comenzamos a hacernos amigos. A Ignacio Padilla lo conocí poco tiempo después en una tertulia en la que también estaban Álvaro Enrigue y Ricardo Pohlenz. Mi relación con Volpi y con Padilla creció poco a poco; fue una amistad eminentemente literaria que después se volvió personal. Más tarde conocí a Pedro Ángel Palou, a Eloy Urroz y a Ricardo Chávez.

Aunque estuve presente durante el lanzamiento del manifiesto del Crack, originalmente no lo firmé. Recuerdo que un mes antes de que Jorge ganara el Premio Biblioteca Breve me habló sobre las dificultades que tendríamos para publicar en España y, después de que lo galardonaron, me invitó formalmente a unirme al Crack. Me llevo muy bien con todos sus miembros y comulgo con los principios de los manifiestos; a final de cuentas buscamos que el esfuerzo literario de los escritores sea genuino. Así fue como me convertí en el sexto integrante, en la rémora del Crack. Una de las experiencias más gratas que he tenido es discutir mis obras con ellos... Pedro Ángel es una enciclopedia ambulante, Nacho tiene una sensibilidad literaria extraordinaria y Jorge es un pensador capaz de convertir un ensayo en una narración con una facilidad enorme. Trabajar una novela con ellos es emocionante, aunque también muy duro.

 

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