Se puede decir que la época del folletín y de la novela por entregas fue el umbral que permitió que los escritores se acercaran a un sector más amplio del público; como género, la novela de folletín nació en París en la década de los cuarenta del siglo XIX. Su momento de surgir llegó cuando los dueños y los editores de la prensa escrita descubrieron que podría ser muy útil, en
primer lugar para aumentar la venta de los periódicos y, en segundo, para promover a los creadores; el primer paso lo dio el periódico Le Press en 1842, que redujo el precio de suscripción, vendió espacios publicitarios y aumentó el tiraje, utilizando como gancho las obras, cuyos capítulos llegaban a los lectores en forma dosificada.
La idea fue más exitosa de lo previsto, así, otros diarios parisinos
—como Le Siècle , Journal des Debats y Constitutionnel— siguieron los pasos de Le Press. De acuerdo con los investigadores, el primer éxito editorial que tuvo el folletín perteneció al escritor Eugenio Sué, quien entre 1842 y 1843, escribió Los misterios de París. A partir de ese momento los principales autores no sólo franceses sino del resto de Europa, adoptaron la fórmula e incursionaron en el género. Entre la lista se cuentan personajes como Honoré Balzac, Emile Zolá, Alfred de Musset, Francois René Chateaubriand o el que ha sido considerado, no el mejor novelista de su tiempo, sino el más exitoso folletinista: Alejandro Dumas, quien —con obras como Los tres mosqueteros o El Conde de Montecristo— logró trascender en el tiempo y permanecer en el gusto del público.
En Inglaterra, por su parte, destacaron Charles Dickens y Arthur Conan Doyle, este último dio vida a uno de los detectives más importantes de la historia de la literatura: Sherlock Holmes. En Rusia, l a novela Humillados y ofendidos que Fedor Dostoievski escribió por episodios, también fue un gran éxito y, aunque carece de la grandiosidad que tienen sus otras producciones, la fuerza narrativa y la profundidad filosófica que caracterizan a este escritor son evidentes. La obra se centra principalmente en los desprotegidos; en ella habla por primera vez sobre la conquista de la felicidad a partir de transmutar el sufrimiento.
Pero, continuando con el género, se dice que la diferencia entre la novela de folletín y la novela por entregas radica en que la primera era una obra escrita de antemano en su totalidad por un autor reconocido, aunque se publicaba en partes como suplemento fijo de algún órgano de prensa; mientras que la segunda se escribía un capítulo tras otro y su extensión variaba de acuerdo con el impacto que tuviera con el público. El nombre del autor no era tan importante, incluso muchos no firmaban sus textos; además se imprimían en cuadernos o pliegos generalmente ilustrados. Claro que existen excepciones, como sucedió en Inglaterra con Arthur Conan Doyle, quien tuvo que cambiar el final de su historia y revivir al detective Sherlock Holmes, con trucos literarios que rayaban en lo absurdo, tras las protestas de sus lectores, quienes aún querían más aventuras del protagonista.
De manera similar a lo que hoy conocemos como “estrategia de mercadotecnia” y aprovechando los recursos de la época, cada vez que estaba por lanzarse una nueva novela de folletín se elaboraban carteles promocionales que eran colocados en las avenidas principales y se entregaba, casa por casa —tanto a suscriptores como a posibles compradores— una primera parte que daba cuenta de los datos generales de la obra: título
—necesariamente llamativo— , autor y aspectos generales de la trama; además, se incorporaba un fragmento de la historia que estuviera lleno de suspenso, con el fin de cautivar principalmente a las mujeres, que eran el público objetivo de este tipo de literatura. Las mujeres estaban fascinadas con las aventuras y desventuras de los protagonistas; aunque claro está que también el folletín tuvo buena aceptación entre los varones.
Como género literario, la novela de folletín logró modificar el estilo de escritura priorizando el suspenso; es decir que utilizaba argumentos y esquemas narrativos simples aunque exigía la aparición de un elemento misterioso al final de cada episodio. A través del tiempo, este tipo de literatura ha sido considerada por algunos críticos como un género menor por elementos como su estructura, lo estereotipado de los personajes, las situaciones inverosímiles y sensibleras, así como el uso, y sobre todo el abuso, de lugares comunes.