Esther López-Portillo

 

El nacimiento del día y su conclusión son los ejes fundamentales de la obra de este artista que recreó, a base de color exclusivamente, las armonías sutiles con que los tonos se alían en la naturaleza mexicana; con el amanecer y el ocaso que quedan estáticos en sus óleos, detenidos en el tiempo eternamente.

El pintor fue promovido por los escritores de la Revista Savia Moderna, quienes además eran sus amigos; así, en 1906, organizaron la exposición que dio a conocer sus paisajes impresionistas. Joaquín Clausell fue la sorpresa de aquel evento: era el único artista plástico que no había egresado de la Academia de San Carlos o de cualquier otra escuela de arte; quizá aún más por ser autodidacta, fue muy valorado por los protagonistas culturales de su tiempo. Comenzó más vinculado con las letras que con la plástica; y, sin embargo, la vida que llevó lo condujo a descubrir su vocación. De ser un admirador declarado de Emile Zolá, se convirtió en uno de los pintores admirados por dicho escritor - novelista y crítico francés que es considerado el fundador del movimiento naturalista en literatura.

El artista creó en la azotea de la casona que habitaba con su esposa —El viejo Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya— , ubicada en el centro de la ciudad de México, un taller de pintura que además sirviera como centro de reunión para cuando departía con sus amigos de la Revista Savia Moderna : Carlos Pellicer, Salvador Novo o con pintores como el Doctor Atl, Diego Rivera y Julio Ruelas.

Lenta y obsesivamente llenó las paredes de ese refugio con un aproximado de mil trescientos bocetos cuadrados y pequeños que forman un mosaico de fantasía, caprichos y sueños. Las pequeñas obras de los muros no tienen unidad temática: hay retratos de personajes históricos, de sus contemporáneos, de familiares y amigos que se mezclan con iconos religiosos, cristos, cruces, ángeles que se topan de frente con animales fantásticos o seres mitológicos; pequeñas escenas y paisajes.

Dicen —a modo de leyenda— que la obra mural surgió porque el artista utilizaba las paredes para quitar el exceso de pintura de sus herramientas de trabajo: los pinceles. Entonces, utilizando como base las manchas, se disponía —un poco en trance— a crear o a sacar esas imágenes que reclamaban su existencia. Tal vez por eso se considera que ése es uno de los rincones más enigmáticos de la ciudad de México: un lugar donde de algún modo se puede acceder a fragmentos de los sueños del artista. Como sea, Joaquín Clausell dejó en aquellos muros el testimonio de sus miedos, fantasías, obsesiones, anhelos y fantasmas: ésa fue una obra en la que trabajó cada día de su vida.

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