Después de los griegos y los romanos...

La forma poética de los epigramas se siguió utilizando —aunque sin tanto esplendor— hasta que durante los siglos XVI y XVII varios escritores españoles como Félix Vega y Carpio —mejor conocido como Lope de Vega—, Luis de Góngora y Argote y Francisco de Quevedo renovaron el género, aunque valiéndose de distintas estructuras métricas como la copla castellana, la redondilla, la quintilla, la doble redondilla y la décima. Uno de los epigramas más famosos de esta época, escrito por Quevedo, es el siguiente:


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A Celestina

Yace en esta tierra fría,
digna de toda crianza,
la vieja cuya alabanza
tantas plumas merecía.


No quiso en el cielo entrar
a gozar de las estrellas,
por no estar entre doncellas
que no pudiera manchar.


Después del impulso que tomó el epigrama gracias a la literatura española, su uso se difundió aún más y algunos famosos escritores se especializaron en él, como Jean de la Fontaine, François Marie Arouet alias Voltaire, Jean-Jacques Rousseau, Oscar Wilde, Johann Wolfgang von Goethe, Leandro Fernández de Moratín, Ramón de Campoamor, Ramón Gómez de la Serna, José Martí, Rubén Darío y algunos mexicanos como Filiberto Juárez y Jesús Medina Romero. A continuación transcribimos el epigrama “Admiróse un portugués”, de Leandro Fernández de Moratín:


Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
"Arte diabólica es",
dijo, torciendo el mostacho,
"que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho"

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