No existe la TEORIA, con mayúsculas, que nos explique toda la
complejidad del aprendizaje. De hecho, la metáfora del ser humano
que parece un prisma de mil caras, es cierta en el ámbito de cómo
se aprende a ser, cómo se aprende a convivir en familia
y a vivir dentro de una determinada cultura.
Uno de los conceptos más interesantes expuestos por Albert Bandura,
es la distinción entre el aprendizaje activo (aquellos
conocimientos que se adquieren al hacer las cosas; y el aprendizaje
vicario, que es aprender observando a los otros. Por el solo hecho
de ver lo que otros hacen y las consecuencias que tienen por su comportamiento,
se aprende a repetir o evitar esa conducta. Lo que propone es que no
todo el aprendizaje se logra experimentando personalmente las acciones.
Bandura también dice que al ver las consecuencias positivas
o negativas de las acciones de otras personas, las llevamos como si
fueran nuestra propia experiencia en otras circunstancias.
Son muchos los ejemplos de cómo los niños observan e imitan
a sus padres y aprenden de lo que les sucede a sus hermanos, cuando éstos
son regañados o premiados, y entonces rigen su actuación
con base en sus observaciones.
Así se aprenden los valores y las normas sociales —que son adecuadas
o no según cada cultura—, cómo manejar los impulsos agresivos,
cómo prestar y compartir las cosas, por mencionar sólo
unos ejemplos.
Este aprendizaje por observación e imitación se da toda
la vida, pues siempre hay personas que conocemos, admiramos y de
quienes aprendemos.

Basándose en los conceptos de este autor y retomando el interés
de grandes sectores de la población por las historias noveladas,
se inició un exitoso recurso que mostró cómo se
aprende por imitación de conductas; al identificarse con los personajes
de la historia, muchas personas se decidieron a empezar o reiniciar sus
estudios de educación primaria.
En ocasiones los padres no tomamos en cuenta que para nuestros hijos
somos el modelo a seguir y olvidamos aquella frase que dice: “lo
que haces grita tan fuerte que no me permite oír lo que dices”,
y que al igual que las personas que viendo a personajes de la televisión
realizaron acciones benéficas para ellos, nuestros hijos se
identifican con nosotros, pues somos quienes los motivamos a aprender
y a superarse. Ellos aprenden más de lo que hacemos de lo
que les decimos.