Sabemos que como sociedad y escuela no hemos sido capaces de fomentar
la lectura recreativa, pero en cambio nos hemos inventado varios mitos
para poder justificarlo.
La televisión y los juegos suelen ser algunos de nuestros chivos
expiatorios favoritos. Hay cierta razón, aunque sólo de
manera relativa. Los aparatos pueden estar ahí, pero somos nosotros
los que damos una intencionalidad a su uso. Optar por los equipos para
que suplan nuestra presencia o entretengan a los niños, es un
problema nuestro y no de los aparatos.
Ahora bien: para terminar de derrumbar el mito está el ejemplo
de países altamente tecnificados, como Japón o Alemania,
en los que a pesar de tener la tecnología disponible en prácticamente
todos los sectores de la población, la costumbre por la lectura
se sitúa en el 91% y el 60% de sus habitantes, respectivamente.*
Si bien el costo de los libros podría ser una justificación
más impresionante y sensible, lo cierto es que con las nuevas
técnicas de impresión, así como la competencia entre
libreros, los nuevos títulos tienden a ser más accesibles
que varias décadas atrás. Hay también varias colecciones
particularmente económicas y con títulos de muy honrosa
calidad, sobre todo aquellos clásicos que ya no pagan derechos
de autor.
Para terminar de echar por tierra el argumento, tenemos el ejemplo
de los llamados éxitos
en ventas o best sellers: los libros de moda que febrilmente
son comprados y leídos en grandes cantidades. A causa de su
popularidad, suelen ser más costosos que el promedio. ¿Si
son caros los libros, por qué algunos sí se venden? Además,
si no se tienen recursos excedentes para la compra, está la
opción
de las bibliotecas donde hay la posibilidad de recurrir al préstamo
domiciliario.