La conveniencia de desarrollar hábitos de lectura, por fortuna,
no está cuestionada por nadie. De hecho es algo en lo que todos,
o casi todos, estamos de acuerdo; no sólo en el ámbito
escolar, sino en todo el plano social. Alfabetización, lectura
y educación en general han sido aspiraciones
fundamentales desde que finalizó la Revolución Mexicana,
pero de ello ha transcurrido casi un siglo.
La gran paradoja es que, a pesar de que no se está en contra
de que todos nos formemos como lectores y además se haya trabajado
en ese camino, lo cierto es que somos un país sin lectores.
Alfabetizados tal vez —por lo menos mayoritariamente— pero sin haber
desarrollado ese gusto por la lectura espontánea, que no responde
a una necesidad momentánea o coyuntural como sería la elaboración
de una tarea, estudiar para presentar exámenes o desarrollar algún
trabajo. Leer por el sólo gusto de hacerlo.
Durante poco más de ocho décadas, en nuestro país
se han hecho los más variados esfuerzos para lograr ese deseable
romance entre libros y lectores: creación de bibliotecas, programas
para abatir el analfabetismo, educación básica obligatoria,
incremento en la cantidad y variedad de libros publicados, abaratamiento
de los mismos (aun cuando hay quien considera que son caros en relación
con el nivel de ingresos de la población), rincones de lectura
en las aulas, ferias del libro y programas alternos de fomento.
En una lógica simple, con tan variados empeños
a lo largo de tanto tiempo, prácticamente la totalidad de la
población
mexicana ya debería hacer un uso cotidiano y sistemático
de la letra escrita; sin embargo, la realidad nos abofetea.