La conveniencia de desarrollar hábitos de lectura, por fortuna, no está cuestionada por nadie. De hecho es algo en lo que todos, o casi todos, estamos de acuerdo; no sólo en el ámbito escolar, sino en todo el plano social. Alfabetización, lectura y educación en general han sido aspiraciones fundamentales desde que finalizó la Revolución Mexicana, pero de ello ha transcurrido casi un siglo.

La gran paradoja es que, a pesar de que no se está en contra de que todos nos formemos como lectores y además se haya trabajado en ese camino, lo cierto es que somos un país sin lectores. Alfabetizados tal vez —por lo menos mayoritariamente— pero sin haber desarrollado ese gusto por la lectura espontánea, que no responde a una necesidad momentánea o coyuntural como sería la elaboración de una tarea, estudiar para presentar exámenes o desarrollar algún trabajo. Leer por el sólo gusto de hacerlo.

Durante poco más de ocho décadas, en nuestro país se han hecho los más variados esfuerzos para lograr ese deseable romance entre libros y lectores: creación de bibliotecas, programas para abatir el analfabetismo, educación básica obligatoria, incremento en la cantidad y variedad de libros publicados, abaratamiento de los mismos (aun cuando hay quien considera que son caros en relación con el nivel de ingresos de la población), rincones de lectura en las aulas, ferias del libro y programas alternos de fomento.

En una lógica simple, con tan variados empeños a lo largo de tanto tiempo, prácticamente la totalidad de la población mexicana ya debería hacer un uso cotidiano y sistemático de la letra escrita; sin embargo, la realidad nos abofetea.

 

Tomando como referente sus volúmenes de ventas, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM) estima que —sin contar con los libros de texto gratuitos, que tienen una función educativa formal— los mexicanos compramos en promedio menos de medio libro anualmente (Unidad en la diversidad, 2003, marzo 5)*.

Lo alentador de esta cifra —dentro del natural pesimismo que nos provoca— lo constituye el hecho de que el mayor crecimiento en ventas se ha dado en la categoría de libros para niños y jóvenes. Dicho de otra manera: las ventas parecieran mostrar una mejoría en los hábitos lectores de ese grupo, lo cual no se puede desdeñar, ya que nuevas generaciones lectoras podrían ir sustituyendo paulatinamente a las generaciones no lectoras, aunque este comportamiento es difícil de predecir en este momento.

Bueno, alguien podría argumentar que quizá no se compren libros en una cantidad suficiente; pero ello se debe a que son consultados en las bibliotecas. Este argumento es falso, de acuerdo con lo encontrado por una encuesta publicada en la Revista del Consumidor correspondiente a julio de 2005. De acuerdo con los datos levantados en la zona metropolitana de la ciudad de México, donde se encuentra la mayor cantidad de bibliotecas públicas del país, únicamente el 2% de las personas consultadas asisten sistemáticamente a las bibliotecas para leer. ¡Vaya sinrazón: sólo 2 de cada 100 personas! Para irse de espaldas, hay un dato complementario: 80 de cada 100 personas ni siquiera conocen por dentro una biblioteca.

 

* Considerando que se publican al rededor de 100 millones de ejemplares de libros de texto gratuitos y que nuestra población es de magnitudes semejantes, si se les considerara, el índice de libros por habitante se incrementaría sustancialmente, sin ser cierto que a cada habitante corresponda un libro completo.