Muchas pueden ser las razones que expliquen el fenómeno, pero una de ellas tiene que ver con la familiaridad de trato. De alguna forma sacralizamos el libro como tal, lo hacemos objeto de culto en el que el acercamiento es en exceso formal, ceremonioso y protocolariamente respetuoso. La historieta y el diario no cargan con esto. Se usan y dejan cuando se desea, sin el menor asomo de culpa. Son adquiridos con la mayor naturalidad, y la expectativa con respecto a su contenido nunca es elemento de inhibición o aprensión.

Carencia de solemnidad y actitud natural que serían la envidia de cualquier libro. Goce que no requiere de requisitos, formas ni reglas: es tan sólo el deseo de leer cuando, donde, como se quiera.

Asi, pues, ¿cuál sería la diferencia con una buena novela de aventuras o misterio? ¿Por qué tener que acatar una formalidad que la propia historia no exige? Baste recordar que algunas obras clásicas, en su momento fueron capítulos por entrega que se publicaban en los diarios, por cierto muy esperados por los lectores comunes y corrientes. ¿Qué sucedió con esas golosinas literarias cuando fueron compiladas y empastadas? ¿Esas tapas lo transformaron como la toga transforma a la persona en respetable magistrado?

Existen los que opinan que el libro debe transformarse en —o volver a ser— un objeto de uso cotidiano, donde la pompa deje lugar a la camaradería. Elemento lúdico sujeto a las mismas reglas que cualquier juguete, entretenimiento o elemento de uso cotidiano.

A casi nadie se le ocurriría forzar a otro para que jugara algo específico, en una situación de desagrado y con un horario rígido. Tampoco se suele emplear la licuadora o el horno cuando no resultan necesarios. ¿Por qué pretender que con los libros sí ocurra?

 

Lectura como contagio

Así funciona: literalmente como contagio. Supongamos por un segundo qtamue esos completamente sanos y saludables. ¿Sería posible contagiar a alguien de gripa o paperas? No hay manera, la primera condición sería la de estar enfermos nosotros mismos. ¿Cómo pretender que nuestros alumnos desarrollen una vocación lectora si no tienen de quién ser infectados? Para muchos padres de familia la lectura como placer es algo desconocido. Desafortunadamente también lo es para muchos de los que trabajamos en la docencia.

 

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