Muchas
pueden ser las razones que expliquen el fenómeno, pero una de
ellas tiene que ver con la familiaridad de trato. De alguna forma sacralizamos
el libro como tal, lo hacemos objeto de culto en el que el acercamiento
es en exceso formal, ceremonioso y protocolariamente respetuoso. La
historieta y el diario no cargan con esto. Se usan y dejan cuando se
desea, sin el menor asomo de culpa. Son adquiridos con la mayor naturalidad,
y la expectativa con respecto a su contenido nunca es elemento de inhibición
o aprensión.
Carencia de solemnidad
y actitud natural que serían la envidia de cualquier libro.
Goce que no requiere de requisitos, formas ni reglas: es tan sólo
el deseo de leer cuando, donde, como se quiera.
Asi,
pues, ¿cuál
sería la diferencia con una buena novela de aventuras o misterio? ¿Por
qué tener que acatar una formalidad que la propia historia no
exige? Baste recordar que algunas obras clásicas, en su momento
fueron capítulos por entrega que se publicaban en los diarios,
por cierto muy esperados por los lectores comunes y corrientes. ¿Qué sucedió con
esas golosinas literarias cuando fueron compiladas y empastadas? ¿Esas
tapas lo transformaron como la toga transforma a la persona en
respetable magistrado?
Existen los que
opinan que el libro debe transformarse en —o volver a ser— un
objeto de uso cotidiano, donde la pompa deje lugar a la camaradería.
Elemento lúdico sujeto a las mismas reglas que cualquier juguete,
entretenimiento o elemento de uso cotidiano.
A casi nadie se
le ocurriría forzar a otro para que jugara algo específico,
en una situación de desagrado y con un horario rígido.
Tampoco se suele emplear la licuadora o el horno cuando no resultan
necesarios. ¿Por qué pretender que con los libros sí ocurra?
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