Jorge Luis Herrera

Enrique Serna (1959) nació en la Ciudad de México. Desde la adolescencia descubrió su vocación de escritor y unos años más tarde estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Se ha desempeñado como ensayista, narrador y guionista. En el año 2000 obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura por su novela histórica El seductor de la patria. Entre sus obras destacan las novelas Uno soñaba que era rey, Señorita México, El miedo a los animales y Ángeles del abismo; la colección de ensayos Las caricaturas me hacen llorar y sus libros de cuentos Amores de segunda mano y El orgasmógrafo, del cual nos habla en esta entrevista, que permite apreciar su visión crítica de la literatura y la sociedad.

     

Enrique Serna, platíquenos cómo incursionó en la literatura...

Desde niño vi que había dos maneras diferentes de acercarse a la literatura: una, la que me quisieron inculcar en la escuela, que consistía en memorizar títulos, fechas y nombres de corrientes literarias. La otra visión de la literatura me la dio mi madre, una lectora muy voraz que me suministró desde los siete u ocho años una enorme cantidad de libros; gracias a ella descubrí que la literatura es sobre todo una forma de entretenimiento. En la preparatoria, ambas formas de concebir la literatura hicieron colisión en mi cerebro durante una tediosa clase de literatura universal, en que la maestra se limitaba a dictar fichas bibliográficas. Para escapar de ese horror escribí “La bóveda”, un relato fantástico que ocurría dentro de una cajetilla de cerillos, cuyos personajes eran los mismos fósforos. Posteriormente lo mandé al concurso semanal de cuento del suplemento “La cultura en corto”, del periódico El Nacional , donde al poco tiempo lo publicaron, seguramente por compasión, porque era bastante malo. Ver mi nombre en letras de molde me causó una gran alegría. Así descubrí mi vocación, tenía dieciséis años. A partir de entonces empecé un largo calvario, porque durante diez años estuve escribiendo cuentos fallidos que iban a parar al basurero y sólo después de haber escrito un par de novelas, adquirí el oficio necesario para volver a incursionar en el cuento.

Me influenciaron varios escritores. En la infancia y adolescencia tuve predilección por la literatura fantástica, en especial por Herbert George Wells, Edgard Allan Poe y Howard Philips Lovecraft. Imitaba los inicios de los relatos de Lovecraft, un cuentista que siempre busca enganchar al lector con una tremebunda anticipación del conflicto. Más adelante entré a la carrera de Letras Hispánicas y organicé mejor mis lecturas. La lectura de poesía me ayudó mucho a desarrollar un estilo, a mejorar mi adjetivación y a descubrir otro registro del lenguaje. Desde luego, intenté escribir poesía, pero gracias a Dios me di cuenta a tiempo de que ése no era mi camino.

     

¿La ficción literaria se alimenta de los conflictos?

Sí, son la esencia; por eso me atraen tanto los personajes marginados, porque son los que atraviesan más situaciones críticas. En distintos momentos de mi vida me he sentido marginado por determinados aspectos de mi carácter que me dificultan el trato social y, tal vez por eso, siento una gran simpatía por los antihéroes. Como tengo problemas para comunicarme con la gente, recurro a la literatura; es una forma de romper mi aislamiento. Por eso me interesa preservar la función comunicativa de la literatura, siempre amenazada en países como el nuestro. A mi modo de ver, cuando la literatura pierde esa función se convierte en un placer onanista. En El orgasmógrafo tengo un cuento, “La fuga de Tadeo”, que reduce al absurdo la búsqueda de los poetas que interrogan el vacío y se encierran en un monólogo autista, siguiendo la huella de Mallarmé. Ese tipo de escritura extasiada en la contemplación del propio intelecto, orilla a la creación literaria a un callejón sin salida.

   
   

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