Aunque había leña disponible en amplias regiones del planeta —principalmente en las zonas montañosas y en toda la franja tropical—, cortarla, acarrearla y finalmente encenderla, era toda una labor titánica. En los primeros tiempos el principal problema era iniciar un fuego. No había la tecnología para ello y se debía esperar una intervención casi milagrosa de la naturaleza. Una erupción que provocara un fuego espontáneo o la caída de un rayo durante alguna tormenta eléctrica.
Piensa en la cantidad de tiempo que hubo de pasar antes de que las personas domesticaran el fuego y lo controlaran a voluntad. Frotar palos de madera o usar yesca y pedernal pueden parecer poca cosa, pero en los viejos tiempos era tecnología de punta para aquellos grupos humanos que
poseían la habilidad y el conocimiento.
Pero bueno: hasta ahora hemos hablado partiendo del supuesto de que aun con trabajos la leña podía ser conseguida. Suposición cierta en una parte, pero falsa en otra. Ya se mencionó que, para los pueblos asentados en lugares cercanos a bosques y selvas, el esfuerzo físico era la mayor limitante. Pero aquí surge una pregunta que no se plantea con frecuencia.
¿Cómo se generaba luz o calor en aquellos lugares donde no había recursos madereros?
¿Que de qué estamos hablando?
Tan sólo para provocar un poco de esfuerzo intelectual, imagina lo que ocurría en hábitats como el desierto o las regiones árticas. Sin árboles, arbustos o cualquier otra fuente de leña combustible.
Interesante, ¿no es cierto? Todo un reto para el ingenio.