Es posible que en alguna ocasión se te haya ocurrido la idea de que vivir en la prehistoria pudo
haber sido, además de emocionante, divertido. Vestir con pieles y adornarse con colmillos de jabalí, fabricar lanzas y elaborar hachas de piedra, comer con las manos alrededor de la fogata hincando el diente a una buena pieza de carne: toda una vida digna de ser experimentada
Sí, seguramente fue emocionante; sobre todo al enfrentar a media docena de mamuts con tan sólo un palo de madera y un ridículo cuchillo de obsidiana. Divertido no, eso es definitivo. Sobrevivir en aquellas condiciones resultaba extremadamente pesado sin los servicios y comodidades de las que ahora podemos disfrutar.
Una de las primeras necesidades que tuvo el hombre —y la mujer también, por supuesto— fue la de proporcionarse calor para hacer llevaderos los fríos inviernos, además de tener forma de cocinar sus alimentos.
¿Gas? No había estufas.
¿Electricidad? Por supuesto que no, tampoco hornos de microondas u otrosartefactos eléctricos para cocinar.
¿Calderas? Ni en sueños.
La única forma de energía manejable por parte del hombre prehistórico —con tecnologías muy simples y relativamente accesible—, eran el calor y la luz generadas por fogatas. De hecho, durante varios miles de años, la combustión de la madera constituyó la principal fuente de energía usada por el género humano. Mucho tiempo hubo de pasar antes de que el carbón vegetal, el petróleo y otros productos, hicieran su aparición en el mundo de los energéticos ampliamente usados.
El empleo de la leña, a pesar de sus limitaciones, constituyó una importantísima ayuda para la vida cotidiana. Con el fuego había también luz para poder realizar algunas actividades nocturnas, principalmente dentro de la propia vivienda.
Igualmente las fogatas y antorchas ofrecían una de las pocas formas de protección para el grupo. Con fuego, existía la garantía relativa de poder mantener alejadas a especies animales depredadoras.
Difícil pensar en sobrevivir a las bajas temperaturas del invierno sin una fuente de calor como la que proporcionaba un hogar alimentado por ramas y troncos. Cuevas frías y construcciones de piedra en climas extremos, no podrían ser caldeadas de ninguna otra manera. ¿Qué decir de la cocción de los alimentos ? Sin la leña, los grupos humanos habrían permanecido condenados a comer permanentemente alimentos duros, crudos y de difícil digestión.