Siempre se agradece
la lluvia, pero ese año los aguaceros habían sido terribles.
Varias semanas en las que salir por la tarde se tornaba en práctica
temeraria o circunstancia obligada por alguna eventualidad.
.....Como
siempre que el cielo escurre de esa manera, el suministro eléctrico
se volvió igual de azaroso que los juegos de lotería.
La corriente iba y venía en cualquier momento. A ratos, por un
instante la casa quedaba sin luz, pero igualmente podía faltar
por muchas horas.
.....Encierro
y ocio hacían del televisor una tentación irresistible.
Si el chaparrón impedía salir del hogar, de inmediato
entraba la pantalla de cristal al relevo. Bueno: por lo menos los primeros
días, ya que luego de algunas variaciones en el voltaje el aparatejo
de marras dejó de servir.
.....Los
caprichos meteorológicos enfrentaron a la familia entera a una
realidad: eran unos eléctrico-dependientes de plana mayor. Qué
difícil parecía enfrentar la vida sin refrigerador, bomba
de agua, televisor, iluminación, licuadora y demás artefactos
que requieren de electricidad para operar.
.....Como
quiera que sea, todos se fueron adaptando a la situación aprovechando
aquellos periodos en que podían contar con la corriente eléctrica.
Cambio de horarios para cocinar, bañarse y hacer tareas entraron
en la dinámica familiar. Sin embargo, en muy poco tiempo se hizo
presente el fantasma del aburrimiento vespertino y nocturno. La luz
de las velas terminaba por hacer cansados los juegos de mesa, impedía
leer o hacer alguna actividad manual más o menos detallada. Ah,
pero cómo se sentía la falta del televisor.
.....Por
fortuna fue relativamente sencillo encontrar la vieja radio de baterías
que desde hacía meses —si no es que años—
nadie empleaba en la casa.
Menuda sorpresa encontrar que ninguno conocía qué programas
se transmitían durante las últimas horas del día.
Con su presencia, de tiempo atrás la televisión había
ocupado el espacio recreativo.
