Psicóloga Irene Martínez Zarandona

Sinopsis

El juego forma parte de la existencia: se da en animales y en el ser humano a lo largo de toda la vida. Existen aspectos biológicos que lo motivan, pero sobre todo forma parte del desarrollo emocional, intelectual y social del niño.

Nuestra sociedad no le ha dado al juego el lugar que se merece: éste no necesita que le asignemos un espacio específico, ni espera que le otorguemos algo para existir. Él simplemente está presente y llena nuestras vidas de momentos felices. No importa el género, la edad o el tipo de capacidades que nos caractericen: a todos prácticamente nos gusta jugar. Bien hizo Johan Huizinga en titular su tratado sobre el tema “Homo Ludens” (hombre que juega), reconociendo con estas palabras uno de los rasgos más característicos e interesantes de la humanidad.

El juego es anterior a la aparición del hombre: esta actividad se da en muchas especies animales, y por ello podemos considerarlo más viejo que la cultura misma. Nadie nos enseña a jugar. Heredamos esta necesidad junto con otros aspectos inherentes a nuestra naturaleza, como comer, dormir y aparearnos. El juego rebasa el aspecto fisiológico y se inserta entre las acciones con las que el niño madura y se hace hombre, de manera que lo vemos también después en el hombre maduro (cuando se permite disfrutar de ratos de ocio y esparcimiento).

 


Tanto en humanos como en animales, el juego traspasa los límites puramente biológicos y adquiere funciones con sentido y consecuencias generalmente positivas para quien lo realiza. Mediante el juego reconocemos niveles de abstracción y pautas comunicativas que nos revelan la inteligencia y el estado emocional, aun tratándose de los animales.

Pensemos en los mamíferos, los cuales juegan desde muy pequeños simulando luchas y peleas sin llegar a lastimarse: simplemente juegan pero este juego ha hecho que algunos estudiosos de la comunicación, como Gregory Bateson, vean en esta simple conducta diferentes niveles de abstracción en que los animales y por supuesto el hombre intercambian mensajes.

El autor arriba mencionado, zoólogo de profesión, estudió las conductas referentes a la comunicación entre diversas clases de animales.

Una de sus observaciones más interesantes es la de unos pequeños osos que juegan entrelazados en una lucha simulada: el autor describe esta conducta correspondiente a una situación lúdica, y de ella deriva que en actividades como el juego necesariamente el animal emite dos clases diferentes de señales, ambas no verbales.
 



a) Las referentes a la conducta (en este caso, las acciones propias de la pelea), que es el nivel de la información misma.

b) Las referentes a la comunicación que le dicen al otro "Esto es un juego" son señales que indican lucha, pero no es una lucha en verdad: están jugando. Es decir, indican la forma como la información debe ser interpretada.


Bateson traslada estas observaciones realizadas sobre la conducta de los animales a las pautas de relación entre los humanos, y concreta sus observaciones diciendo que existen dos niveles de comunicación (que en el humano pueden darse en un plano verbal o no verbal): uno en el que se transmiten los contenidos y un segundo nivel en que se da la pauta para la interpretación de esos contenidos, es decir en el que se contextualiza el significado de los primeros.

Vemos en estas observaciones de Bateson algunos de los sentidos primordiales del juego, como son la comunicación entre las personas, el intercambio de mensajes, la interacción como parte del desarrollo, y con ello se nos revela su importante función social y cultural.



Específicamente en el campo psicológico humano
también podemos agregar otros muchos sentidos, como la imitación y el aprendizaje de conductas adultas, la ejercitación y el perfeccionamiento de los movimientos y su coordinación visomotriz, la expresión y elaboración de los sentimientos y la práctica de diversas competencias intelectuales, además de la socialización indispensable para un desarrollo sano.


El juego es el gran compañero de la infancia y ha tenido en Jean Piaget un observador inteligente y certero, que dio a los estudiosos del desarrollo infantil una guía para conocer cómo el niño crece física, emocional e intelectualmente jugando. Uno de los aspectos más interesantes al adentrarse en el tema del juego es que se practica a lo largo de toda la vida, aunque adquiere diferentes formas: desde el retozo y balbuceo del bebé hasta juegos más elaborados y desarrollados, que alcanzan altos grados de complejidad y destreza, como las competencias deportivas y las demostraciones a modo de espectáculo.

Algunos estudiosos del tema creyeron definir su sentido como una necesidad de descargar el exceso de energía vital, o como el impulso para adquirir el dominio de animales y hombres sobre sí mismos. También se le adjudica sentido por una necesidad básica de dominar a otros, establecer competencias, para canalizar adecuadamente la agresión e incluso para compensar las debilidades sentidas en otros terrenos.


Estas explicaciones son ciertas pero no completas, porque hay otros aspectos que son inherentes al juego como su sentido estético, las pasiones y tensiones que despierta y sobre todo la alegría y el placer que proporciona, la permisividad para el engaño, la posibilidad de exhibirnos y dejarnos llevar, de hacer bromas y reírnos de los otros sin lastimar.

El juego es el compañero benévolo que, a lo largo de la vida, nos permite ser y relajarnos.

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