Psicóloga Irene Martínez Zarandona


El objetivo de las siguientes lecturas es que los padres y maestros conozcan el papel del juego en el crecimiento del niño y las características que tienen las diversas etapas del juego en su desarrollo cognitivo, emocional y social.

S
inopsis

Breve repaso por la teoría de Jean Piaget acerca de la importancia del juego de ejercicio, en el inicio y la asimilación del conocimiento. Nuevamente es Jean Piaget quien nos detalla el desarrollo del niño y quien pone de manifiesto cómo las conductas lúdicas que surgen durante la infancia son las valiosas piezas con las que cada niño construye su conocimiento y se adapta al mundo donde crece.

Para el autor mencionado el bebé aprende jugando y ese juego es esencialmente una asimilación funcional. Piaget nos lo explica haciendo una comparación con el proceso biológico según el cual todo órgano se desarrolla mientras funciona, y para ello y para crecer necesita de alimento: así la actividad mental tiene necesidad de funcionar, desarrollarse y ser alimentada desde el exterior, y lo hace en estos primeros meses de vida a través del juego de ejercicio, con el cual el niño ejercita las funciones de su cuerpo y asimila el conocimiento del mundo exterior.

El juego de ejercicio ayuda al niño a pasar de las sensaciones al conocimiento. Atravesando los sentidos él capta los colores, las texturas, el olor, el sonido y el sabor de los objetos, en una constante interacción entre el juego, el crecimiento y el desarrollo. Conforme juega el niño domina su cuerpo y se adueña de los secretos que para él guardan las personas y las cosas; jugando establece contacto con el mundo exterior y los objetos que son vistos, oídos y tocados pasan a su cerebro como una experiencia que enriquece su vida.

Pero no siempre juega igual: si nos detenemos a observarlo podemos distinguir algunas diferencias en su conducta que nos indican cómo pasa de los primeros movimientos reflejos a las acciones voluntarias que adquieren el patrón característico del juego, que consiste en un actuar “como si…” que implica niveles de desarrollo intelectual superiores.

El juego de ejercicio lo podemos observar durante los dos primeros años de vida, mismos que el autor llama Etapa Sensoriomotriz, y en ella distingue 6 estadios progresivos con límites difusos entre ellos porque cada uno se sobrepone al anterior y pueden por momentos darse juntos. Cada niño transita por el juego de ejercicio a su ritmo, sin reglas temporales exactas y con su personal manera de asimilar el mundo para acomodarlo a su conocimiento y a su experiencia vivencial. Unos padres atentos pueden distinguirlo y disfrutar con los logros que adquiere su pequeño:


1. El juego inicial, en las primeras semanas de vida, corresponde a acciones puramente reflejas, como la succión. Este ejercicio de succionar se repite aun en momentos que no tienen relación con el alimento, por lo que se ve su ejecución sin una función directa e inmediata. En esta etapa es difícil diferenciar una conducta adaptativa de la repetición lúdica por el placer que caracteriza al juego.

2. Después de esta primera etapa —aproximadamente a los dos meses— juega con su propio cuerpo y empiezan a observarse conductas que son claramente emitidas y repetidas por gusto, entre las que podemos mencionar los balbuceos, las sonrisas, los movimientos de cabeza y de las manos, los cuales suelen ser mirados con atención por el bebé, quien repite y disfruta el movimiento y los cambios de sus dedos en el espacio.




3. Otro momento que claramente podemos distinguir al observar el juego en el niño de aproximadamente cinco meses, es cuando toma y manipula los juguetes u objetos (aún no distingue uno de otro), con los que adquiere destrezas y mejora la coordinación de sus movimientos. Entonces empieza un juego en el que actúa sobre los objetos: los mueve, los voltea, los acerca y los aleja, y con esta nueva forma de jugar comienza a experimentar “el placer de ser la causa” que provoca cambios en las cosas del exterior.

4. Posteriormente, a los nueve meses todo se vuelve un juguete, un nuevo reto, un pequeño cosmos por descubrir y ubicar en la mente. Un logro muy importante que puede observarse es que utiliza ese saber, ese aprendizaje adquirido en la manipulación de otros objetos: los utiliza abiertamente para jugar y disfrutar con ellos. Es decir que traspasa los conocimientos adquiridos al siguiente objeto, haciendo su experiencia cada vez más rica y manifestando en el juego muestras de su inteligencia para aprender.


5. A partir de ese logro, el niño que ya ha aprendido ciertas acciones (como golpear, voltear y sacudir) las repite aun sin la presencia del objeto, lo cual constituye una acción lúdica propiamente dicha: acude a esas acciones y las repite en un hacer “como si…”, pues reproduce sus esquemas aplicándolos como si fueran símbolos de acción. También se presenta un inicio de imitación de acciones vistas en los otros.

6. En el último estadio propuesto por Piaget los niños muestran una imitación interna diferida, es decir, que repiten acciones aun sin la presencia de los objetos en momentos que no son los habituales; por ejemplo, se acuestan “como si” fueran a dormir, usan la cuchara “como si” fueran a comer, lo cual es ya abiertamente un símbolo lúdico: una representación, un hacer algo como se da en la vida cotidiana pero jugando.



En este punto se ve claramente la diferencia entre el juego propiamente motor y el inicio de lo que Piaget llama juego simbólico, que nos muestra el gran avance que el niño ha hecho en la construcción de su conocimiento del mundo, y lo más importante: cómo empieza a jugar con ese conocimiento. Recordemos que Piaget considera “juego” aquellas conductas que tienen su finalidad en sí mismas.

Uno de los grandes logros del juego infantil, sobre todo en esos primeros meses de vida, es asimilar el mundo: cada objeto, cada sonido y cada imagen vista pasan de la experiencia motora externa, que consiste en adquirir sensaciones físicas, en las huellas que se van formando en la mente del niño y que son los inicios de su conocimiento y de sus recuerdos.





Obviamente, el juego de ejercicio no termina en esta etapa: el bebé se mueve y explora su entorno perfeccionando su coordinación motora, y esto se prolonga durante toda la infancia en el dominio cada vez más perfecto de los movimientos y las sensaciones, así como en el gozoso placer de dominar el cuerpo y ser más fuerte y activo. Incluso en la vida adulta podemos identificarlo al cruzar saltando un riachuelo, cuando jugamos a la pelota con un hijo, cuando aprendemos nuevos pasos de baile, etcétera. Muchos adultos lo practican a través del deporte, encontrando en la utilización de su cuerpo el disfrute de una actividad lúdica.

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