Psicóloga Irene Martínez Zarandona

Sinopsis


Con los hijos tenemos la oportunidad de recuperar nuestro espíritu lúdico: el juego compartido en familia puede ser un tiempo de convivencia rico en experiencias y sobre todo muy formativo.

Los padres descubrimos el juego infantil en los primeros meses de vida de nuestros hijos y experimentamos un gran gozo al jugar con ellos; pero conforme crecen y aumentan sus posibilidades lúdicas, muchos padres nos olvidamos de esta mutua convivencia que produjo tantos momentos buenos y recordables.

Afortunadamente muchos adultos tienen hábitos como hacer deporte, emplear pasatiempos o simplemente la afición de jugar con los amigos, y que pueden con el tiempo compartir con sus hijos; pero la mayoría, por desgracia, nos hemos olvidado de jugar, de darnos un tiempo de vez en cuando para dedicarlo a disfrutar del descanso y el esparcimiento que nos brinda salir de la rutina y desconectarnos del mundo del deber.

Jugar con los hijos es una actividad que se modifica con el tiempo: los niños crecen y sus necesidades de juego cambian, así como su elección por otros compañeros de juego de su edad; pero la necesidad de jugar permanecerá en la vida adulta, porque es algo que acompaña al ser humano durante toda la vida.

Sucede en muchas familias que el concepto de juego se pierde conforme los niños crecen y los padres les llenan su tiempo de actividades programadas y encaminadas a su formación académica. También, con el auge de las nuevas tecnologías, los juegos se han multiplicado y cambiado el gusto de niños y jóvenes, aunado a que los adultos no tenemos mucho interés en aprender estas nuevas formas de jugar.


 



Pareciera que la interacción lúdica entre padres e hijos se fuera perdiendo con los años: esto es lamentable no sólo porque al crecer el niño cambia el tipo de juegos, sino porque la sociedad moderna le resta importancia a esos ratos de convivencia familiar necesarios para establecer confianza, compartir tensiones y emociones, enfrentar retos, establecer competencia en un campo acotado y por el simple placer de jugar y estar un rato juntos.

Desde el punto de vista de un desarrollo armónico físico, psicológico y social, es necesario que niños y adultos tengamos un abanico abierto de actividades; pero eso no justifica que dejemos de lado compartir de vez en cuando, dependiendo de su edad y nivel de desarrollo, un tiempo para jugar con los hijos, conocerlos, observar cómo se desenvuelven y actúan. Se sugiere aprovechar el juego para formarlos en la aceptación de reglas, infundirles la tolerancia frente a las frustraciones, para enseñarlos a perder y a ser generosos si ganan; pero sobre todo para disfrutar con ellos este paréntesis de la vida.

El juego tiene algunos rasgos intrínsecos que lo hacen importante en nuestras vidas: conocer a nuestros hijos nos puede ayudar a estimularlos mejor, a buscar oportunidades para que conserven el gusto por lo lúdico y en un momento dado puedan recuperarlo, ya que muchos de nosotros hemos permitido que se nos olvide.


1. El juego es una actividad libre. Ésta es su principal característica: un juego impuesto o forzado deja de ser juego, no puede ser un deber moral o una tarea porque tiene en sí un carácter de libertad. El niño juega porque hallan placer en hacerlo y por lo general se juega en un tiempo de ocio.

2. Otra característica del juego es que “no corresponde a las reglas de la vida corriente”, porque al jugar creamos otro contexto: es decir “como si”. Esta situación es más fácil de comprender en los niños pequeños, cuya imaginación les permite adentrarse en diferentes papeles que viven realmente. Pero este “como si” también se da en el juego durante la vida adulta: por ejemplo, el ajedrez nos hace pensar “como si” estuviéramos en una batalla; el juego del turista ”como si” fuéramos hombres de negocios; algunos juegos electrónicos “como si” estuviéramos manejando un auto, etcétera. Los juegos tienen la capacidad de abstraernos de la realidad, de las exigencias de la vida corriente y nos ayudan a meternos de lleno en otra. Por eso tienen una faceta de relax que nos permite descansar de los problemas cotidianos.

3. El juego tiene un carácter desinteresado: es una actividad provisional que no busca ganancias, es un intermedio en la vida cotidiana, es una ocupación para la pura recreación y un tiempo de recreo. Se realiza por el simple placer de hacerlo: si no hay disfrute no estamos realmente jugando.

4. El juego está situado aparte de las obligaciones de la vida diaria, tiene un lugar y una duración: tiene su sentido en sí mismo y se juega dentro de unos limites determinados de tiempo y espacio. Comienza y finaliza en determinado momento, y posteriormente permanece en el recuerdo. Siempre puede ser repetido, como los juegos infantiles que se transmiten por tradición y tienen estribillos, cambios en serie, cadenas o eslabones.

5. El juego tiene su ritmo y armonía propios. Crea orden, ya que las desviaciones pueden destruirlo: el factor estético es idéntico al impulso de crear una forma ordenada, y esto anima al juego en todas sus clases y figuras.

6. El juego crea su propia tensión: en realidad muchos juegos se mueven en el terreno de la incertidumbre y el azar, aunque tiende a la resolución de esa tensión. Crea situaciones en las que dominan las habilidades del individuo, como en un rompecabezas. Mediante la tensión se pone a prueba la resistencia del individuo, su inventiva, su arrojo y su fuerza espiritual; pero se mantiene dentro de las reglas y los límites permitidos, y por ello tiene un carácter ético.

7. Un aspecto importante de los juegos es precisamente que tienen reglas, determinadas y válidas dentro del mundo provisional que crean; son reglas obligatorias que si se traspasan rompen el mundo del juego y acaban con éste. El que las rompe acaba con el juego, acaba con la diversión, estropea la fiesta.





Los juegos pueden practicarse en interiores o al aire libre, hacerse en forma individual, entre dos o más personas. Existen juegos corporales, de inteligencia, de azar o de estrategia; asimismo pueden tener una duración corta, mediana o larga y requerir un tiempo de preparación, muy corto o muy largo. Hay juegos para cada edad y circunstancia: caros y baratos, simples y complejos.

Los juegos son manifestaciones culturales: cada pueblo ha creado los suyos y generalmente son un aprendizaje de las normas de esos pueblos. “La cultura es educación del entendimiento”, decía Jacinto Benavente. En ese sentido, el juego nos enseña a competir, a ganar, a perder y a esperar una nueva oportunidad para jugar mejor.

Todo lo que nos piden los juegos es tiempo, dedicarnos un tiempo para jugar; si para ti representa un tiempo agradable y relajado y puedes hacerlo en convivencia con tu familia, le dejarás a tus hijos la mejor herencia: un espíritu lúdico y buenos recuerdos.
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