......Reuniendo toda su fuerza de voluntad para dejar de comer, decidió al fin no dar un bocado más y evitar la catástrofe engañosa de hacer explotar su propio pellejo. Demasiado tarde tomó la determinación postrera. Así como antes una fuerza desconocida le había obligado a alimentarse, ahora otra parecida le exigía inhalar una mayor cantidad de aire. Cual si fuera un globo en proceso de inflado, la vieja envoltura cedió como lo hace la costura de un pantalón ajustado al agacharse.

......No dolió o no lo supo. A Pancho Gorgojo le invadió un profundo letargo. Tan sólo notó que la nueva cubierta se endurecía. Lamentó no haber hecho un testamento, aunque no tenía nada qué heredar ni prole que se beneficiara.
“Es mi fin”. “Muero tan joven y sin haber amado”. Esos fueron los últimos lamentos de la oruga.

......Pasaron los días y ese sueño que pensó era el fin terminó. Abrió sus ojitos por los que entró el resplandor del sol. Cualquiera pensaría que después de tan larga siesta, el atribulado bicho estaría totalmente descansado y fresco como una lechuga. Pues no: sentíase como apaleado, igual que si hubiera hecho un exceso de ejercicio durante los días anteriores. La razón no era otra que el enorme trabajo que cada una de sus células había tenido. Siguiendo las instrucciones de su genética de insecto, había sufrido el proceso de la metamorfosis. Sí: nueva imagen y apariencia. Nada quedaba ya de la estrambótica oruga, ahora era un insecto a carta cabal.

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