......A esa hoja siguió otra y otra más. “Qué horror —pensaba Pancho—: mi idea era ser intelectual o deportista y heme aquí, convertido en tragón profesional.”

......Comenzaba a resignarse por ser una oruga y no un niño, cuando ante sus ojos se escenificó un espectáculo aterrador. Algunos de sus hermanos, los mayores, se estaban acomodando bajo las hojas comidas. Nada grave si no hubiese sido porque, al igual que palomitas de maíz, se inflaban rítmicamente para que su piel exterior se rompiera.

......“¿Cuánto dolerá eso?”, se preguntaba Pancho Gorgojo. De cualquier manera carecía de importancia porque él no quería que le sucediera lo mismo. Decidió dejar de comer, pero el imperativo de su instinto le obligaba a seguir masticando enérgicamente. Todavía alcanzó a observar que la blanda envoltura de crisálida que había surgido por debajo de la piel desechada, se endurecía con rapidez, al mismo tiempo que sus congéneres caían en una especie de profundo sueño.

 

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