Pero el viejo Eguchi aún no estaba acostumbrado a tener por compañía a una muchacha que no decía nada, una muchacha que no abría los ojos ni daba muestras de advertir su presencia. La nostalgia inútil aún no le había abandonado. Quería oír su voz, hablar con ella. La necesidad de explorar con sus manos a la muchacha dormida era menos fuerte.1

.....Las atmósferas creadas por Kawabata son uno de los principales valores del libro, ya que permiten que el lector ingrese a la casa de las bellas durmientes, disfrute la compañía de las hermosas jóvenes y se cuestione y sufra con el deseo y la soledad profunda que padece el protagonista.

.....El escritor japonés inmiscuye al lector en un ambiente incierto y logra contagiarle el asilamiento y el miedo a la muerte que sobrellevan los ancianos, creando una tensión constante tanto por el tema como por la forma, el contenido y el estilo. Vale la pena resaltar que en toda la narración se habla con gran sensualidad; las palabras fluyen como la seda.

1 Vid. Kawabata, Yasunari: La casa de las bellas durmientes. España, Caralt, 1997, p.46.

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