Hay días en que parece que vivimos en un mundo de normas. ¡No tires! ¡No corras! ¡Guarda silencio! ¡Estudia! ¡Mírame cuando te hablo! ¡Cuida la ropa! ¡Aliméntate bien! ¡Lávate las manos! ¡No hables con la boca llena! ¡Cepíllate los dientes!

.....¿Has tenido esa impresión?

.....Pues despreocúpate, no sufres ataques de paranoia ni estás perdiendo la razón. Triste pero cierto... vivimos en un mundo de normas, de convenciones y de reglas. No hay remedio.

.....Efectivamente, algunas de ellas son hasta cierto punto irracionales o al menos de poca importancia. Si usas el cabello corto o largo no tiene mayor trascendencia, tampoco si tus pantalones están impecables o llenos de agujeros, si los usas en la cintura o casi a las rodillas. No obstante, hay reglas que son fundamentales porque permiten la mejor convivencia con las demás personas o porque garantizan nuestro bienestar. En estas últimas entran esas frases que también escuchas todos los días. ¡No desperdicies las hojas! ¡No revuelvas latas con cáscaras! ¡Separa la basura!




De la contaminación se ha hablado hasta el cansancio, y a veces las peroratas se transforman en algo muy parecido al ruido que hace la lluvia... Terminamos por dejar de prestar atención.

.....Y es que hay una contradicción tremenda: por una parte se nos sugiere que no usemos bolsas de plástico, empaques de “unicel” (poliestireno), envases desechables, hojas de papel y montones de cosas más; mientras por otro lado el mundo parece querer funcionar con base en esos desechos. Frutas y verduras nos las entregan en bolsas de plástico, los alimentos rápidos vienen en cajas o moldes de los más diversos materiales, la actividad escolar y el trabajo obligan a emplear tanto papel que podríamos estar cargando árboles enteros; saciar la sed implica dejar como cadáver una lata, un envase de plástico o al menos un cartón plastificado.

.....Estropear el ambiente con desperdicios sólidos parece inevitable.

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